Los invisibles

Antonio Ortín
ANTONIO ORTÍNMálaga

Cada noche, cada madrugada, llegan en goteo incesante. 52 el martes, 54 el miércoles, 93 el jueves. Al calor de las mantas térmicas los esperan los voluntarios de Cruz Roja y los agentes de Extranjería. Es lo que tiene la desesperación. Que embarca sin papeles en la primera patera que le ponen por delante, con su tripulación de soledades a la deriva en alta mar, estafadas además por desaprensivos que les dan una balsa de juguete y un mapa equivocado hacia la nada. Y nosotros, aquí, a lo nuestro. Ocupados con congresos federales y mociones de censura, que tampoco llevan a ninguna parte, pero al menos no nos dan un mordisco en el alma y nos dejan tiempo para narcotizarnos con la tele y el Ipad y ponernos de espaldas a lo que de verdad transcurre. Y a las calamidades ajenas.

Y a veces, sólo a veces, algunos tienen la suerte de esquivar el cementerio profundo del Mediterráneo, donde los sepulta nuestra propia indiferencia, y encallan con sus sueños en un muelle del Melillero, rescatados a tiempo y de milagro por Salvamento Marítimo, los héroes anónimos de chaleco fluorescente. Es la liturgia macabra de la inmigración: cada vez que hay buen tiempo y el mar baña las costas en calma salen en tromba. O los empujan, quién sabe, como una flota de la esperanza a la que, aquí, en realidad, nadie espera, salvo alguna oenegé y una administración que les pone un sello en los documentos que en realidad no tienen. El triple de pateras han llegado a Málaga este semestre respecto al año anterior. Pero aquí, nos acaloramos con la altura del hotel rascacielos del puerto, los supermercados en la esquina de oro. Y si acaso la fachada en ruinas de una pensión que dicen que fue Mundial aunque apenas nadie la recuerde más allá del costumbrismo melancólico.

Y mientras, casi 300 rescatados en un solo día entre el Mar de Alborán y el Estrecho; y otros tantos que sabemos perdidos entre corrientes o cayendo a plomo hacia praderas submarinas donde sembrarán el olvido. Es el drama de los invisibles. Protagonistas de una pobreza desesperada, ajena e insuficiente para removernos al menos de la silla y hacernos pensar que este problema también es nuestro y no sólo de la otra orilla ni de la acción solidaria.

A fuerza de tanta indiferencia nos hemos hecho inmunes a la violencia diaria de esta realidad. Miramos los ojos asustados que se refugian de la hipotermia en nuestros puertos con la misma pasividad con la que dejamos pasar el anuncio del Mistol o la campaña que avisa de que aquí ya es primavera. Es igual. Ya ni siquiera sabemos qué es más fuerte: si el golpe de mar que vuelca cada cayuco, o la bofetada que da la mano invisible de nuestra conciencia.

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