Invierno

El extranjero

Antonio Soler
ANTONIO SOLER

Veníamos de un invierno demasiado largo. Éramos cachorros despertando de la hibernación que habían iniciado nuestros padres varias décadas atrás. En estos días en los que las conmemoraciones se encadenan vemos de nuevo la sombra de aquellos políticos que prometían el fin de la oscuridad, rejuvenecidos en el blanco y negro de los antiguos reportajes o directamente sacados de las tumbas para recordarnos cómo fue aquel tiempo de ira y esperanza. 4 de diciembre, lucha por la autonomía andaluza. 6 de diciembre, la Constitución anunciada como una repentina y bulliciosa primavera que acabaría por sacarnos de aquel interminable invierno de uniformes, grisura y profunda mediocrididad.

Los tiempos históricos sufrieron una inusitada aceleración. Desde la muerte del dictador hasta aquel miércoles de diciembre del 78 sólo habían transcurrido tres años. Dos hasta las manifestaciones andaluzas a favor de un estatuto de autonmía comparable a los que disfrutarían las entonces llamadas comunidades históricas. Líderes políticos venidos de todos los puntos cardinales ideológicos -franquistas conversos, liberales, socialistas, democristianos, comunistas ortodoxos y heterodoxos- se afanaron en torno a una idea común. Recuperar, bajo el paraguas de una monarquía entonces aún sospechosa, los valores fundamentales por los que habían luchado los republicanos de 1.931. Democracia de corte occidental, poder civil, Estado no confesional y descentralizado.

Y sustentando a esos políticos, un pueblo semi analfabeto políticamente, guiado a medias por la propaganda que desde el corazón de las instituciones se le transmitía y por una intuición muy depurada por el hecho de haber aprendido a vivir durante décadas en un reino de sombras. Las encuestas a vuela pluma realizadas en aquellos días por las cámaras de la única televisión existente transmitían esa sensación de ir cruzando a tientas un túnel. Andaluces que de pronto se reconocían como tales, demócratas que se identificaban visceralmente con esa palabra mágica y que estaban dispuestos a votar afirmativamente en el referéndum sobre la Constitución como si el nuevo texto fuese el bálsamo de Fierabrás que nos habría de curar de todos los males posibles. Conversos convencidos que en el invierno del 75 habían aguantado el frío para dar un último adiós a su caudillo, viejos militantes regresados del exilio o del subsuelo nacional, jóvenes con los ojos recién abiertos al mundo que por primera vez íbamos a ser tratados como adultos y que después de la rebaja de la mayoría de edad de los 21 a los 18 años por primera vez podíamos votar. Y todo ello bajo el siniestro eco de los disparos y las bombas de ETA, radicalmente interesada en desestabilizar un sistema que a la larga dejaría de justificarlos y los derrotaría. Sí, en los inicios de cada invierno conviene que todos, y especialmente esos que con tanta facilidad hablan de fascismo, recordemos de dónde venimos, de qué oscuro lodazal surgieron esa Constitución imperfecta y esta sociedad con evidentes goteras pero que en nada se parece a aquella gruta institucional en la que vivía un pueblo amordazado y sin otro futuro que la mentira y el miedo.

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