Interpretando

Antonio Soler
ANTONIO SOLER

Las religiones, además de dar una explicación del universo, dotaron a unos pueblos incultos de normas sociales para la convivencia. Comportamientos cívicos, higiénicos, familiares y sexuales destinados a garantizar la supervivencia del grupo, a hacerlo más solidario y más fuerte. Más fuerte ante las adversidades y más fuerte frente a cualquier enemigo que interpretase la existencia del mundo mediante unas claves filosóficas o unas supersticiones diferentes. El conocimiento, la civilización, fueron atemperando las creencias a medida que las reglas sociales se imponían por sí mismas, sin necesidad de que vinieran dictadas por un ser superior o desde una dimensión ultraterrena. Los gobernantes no estaban designados por voluntad divina, sino por la del resto de los hombres.

El verdadero imperio de la ley humana, del gobierno del hombre por el hombre, es muy reciente y ha dejado atrás millones de víctimas, ríos de sangre. Las religiones han aportado y aportan consuelo, esperanza, acciones solidarias a millones de personas. La laicidad no es una guerra contra ninguna religión, sino la simple consideración de que la religión es una cuestión privada, no impuesta, y que por tanto no rige la vida de toda una sociedad. En occidente -en todo el mundo, aunque de forma mucho más clara en occidente- ese sentido laico ha ido ganando tanto terreno que incluso las personas creyentes rebajan los dogmas de su propia religión. Católicos que se divorcian, contraen matrimonio con alguien de su mismo sexo o que incluso abortan. Descafeínan, relajan los textos sagrados. Porque consideran que son preceptos de otro tiempo y de otro grado de civilización.

Si no lo hicieran estarían en guerra con todos aquellos que no cumplen sus normas. Como hacen los musulmanes radicales. Aplican al pie de la letra un código arcaico. Porque es la palabra de Dios. Porque está escrito. Lo mismo que en la Biblia hay escritos pasajes llenos de truculencia y crueldad. Normas que incitan a la venganza más virulenta. Vivir en el siglo XIV o en el XXI, básicamente esa es la cuestión. Encomendar las pautas de convivencia a dictados ultraterrenos o al código civil y a la ética social. Cumplir con claridad las normas sociales o anteponer otras que colisionan con ellas. En torno a eso vienen girando discusiones de sobremesa, tertulias autistas y conversaciones apresuradas que dan recetas exprés para acabar con el terrorismo yihadista. En torno a eso giran unas cuantas cuestiones más de la actualidad inmediata. Desde la señora Juana Rivas y sus abogadas que interpretan la ley como les parece bien, hasta los soberanistas catalanes, que traducen las palabras y los gestos de Rajoy después de los atentados como coacción política. Ellos también interpretan las leyes a su modo. Rompen el reglamento de su propio estatuto de autonomía. Zigzaguean y también diluyen -en caldo nacionalista- las reglas establecidas. Sólo que cuando las normas civiles se relajan el efecto que se produce es el contrario que cuando lo hacen los mandatos divinos. No aumenta el grado de convivencia sino el de intolerancia, y además se le hace un guiño al caos.

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