La inteligencia está en el contexto

La tribuna

Para que la tecnología cumpla su función hay que saber previamente qué queremos hacer con nuestra vida y hasta dónde queremos entregarla a lo que otros dispongan para nosotros

El contexto lo es todo. No es lo mismo gritar «arriba las manos» en una clase de zumba que en una sucursal de banco, así como no es lo mismo afirmar «me lo llevo calentito» en la cola de la panadería que en una consejería de Obras Públicas. No es lo mismo que su hijo adolescente le diga que ya es hora de independizarse a que se lo diga un señor con acento catalán en una comida de empresa. Y si usted es votante de Podemos, no creerá que sea lo mismo que el ministro del Interior conceda una condecoración a la imagen de una virgen a que lo haga el alcalde de Cádiz. Lo primero es una veleidad nacionalcatólica rancia y casposa, lo segundo, en cambio, es una medida de gran sensibilidad ante los deseos del pueblo, que ya se sabe que es muy mariano.

Nada, pues, más importante en nuestras vidas que atender al contexto. Puede determinar, de hecho, la diferencia entre el bien y el mal. Cuando yo era niño, era habitual encontrar en los bares de Málaga (y supongo que en toda España) un cartel que decía: «Se prohíbe escupir y blasfemar». Ningún beodo se sintió jamás, que yo sepa, condicionado por dicho cartel. Escupían y blasfemaban a placer, como cabía esperar en un país católico, solo que el dueño podía escudarse en él para mandar a casita al interfecto. Pero había otro cartel más desesperanzado aún de la condición humana que decía: «Se prohíbe el cante». En Andalucía, poner un cartel así con oportunidad y acierto exigía un profundo conocimiento sociológico que no siempre se tenía. Uno de los recuerdos más impresionantes que guardo es el de un duelo espontáneo de cante jondo que tuve la fortuna de presenciar en un bar de Vejer de la Frontera hace ya muchos años. Ese cartel allí habría sido un atentado contra la cultura. En los bares de mi barrio, en cambio, hacía un inmenso bien por la tranquilidad y el oído de la parroquia.

Pues bien, eso es justamente lo que las máquinas, por muy inteligentes que sean, son incapaces de hacer: captar el contexto. Es lo que los especialistas en Inteligencia Artificial, es decir, los que se encargan de fabricar esas máquinas inteligentes que ya tenemos por todas partes (y aún veremos más), llaman «el problema del marco». En resumidas cuentas no es más que la imposibilidad actual de hacer que una máquina detecte inmediatamente, o al menos en un tiempo prudente, lo que es relevante y lo que no lo es en un contexto determinado. Si se le enseña a una máquina, por ejemplo, a cerrar una puerta cuando entra en una habitación, no sabrá que si en la habitación hay una fuga de gas con gente intoxicada por los suelos, no debe hacerlo en absoluto.

Conviene insistir en este asunto, ahora que tanto se repite que las máquinas inteligentes no solo nos quitarán nuestros trabajos, sino que tomarán decisiones por nosotros. Y no solo eso; construirán máquinas todavía más inteligentes que se apoderarán de todo el planeta y producirán finalmente una explosión cósmica de inteligencia, haciendo, como dice Raymond Kurzweil, el gurú tecnológico de moda, que «el universo despierte». Si se me permite la socarronería, ninguna máquina inteligente sabe dónde tiene la cara (no es un ser-en-el-mundo, diría Heidegger) y es muy posible que las máquinas superinteligentes, cuando las tengamos, tampoco lo sepan. Hacen grandes cosas, resuelven problemas fuera del alcance de cualquier ser humano, incluso de los expertos más sabios y experimentados, pero a no ser que se realicen descubrimientos completamente inesperados en los próximos años, sus respuestas y acciones permanecerán limitadas a contextos concretos y serán incapaces de trasladarse mentalmente a otros contextos diferentes. Seguirán siendo, por decirlo así, genios superespecializados que no saben cómo cambiar de escenario, y ni siquiera de conversación, a los que la novedad imprevista deja simplemente inermes. Una máquina solventará complicadísimos problemas de ingeniería, o de estrategia militar, pero entonces no sabrá mantener los modales en una cena (o viceversa), lo cual, por cierto, no preocupa demasiado a los especialistas, porque simplemente carece de interés hacer una máquina así. Pero lo importante es que, si no pueden hacer eso, no parece sensato atribuirles consciencia, emociones y voluntad para tomar el control de nada.

Así que si decide comprarse un robot aspiradora, no tenga miedo de que en los próximos meses pueda rebelarse y convertirse en el dueño y señor de su hogar. Preocúpese más de qué va a hacer con la información que recopile mientras limpia su casa. Preocúpese de qué hace Google o Facebook con toda la información sobre su vida que usted mismo le proporciona gratuitamente cada día, cuando utiliza sus servicios. No se deje impresionar por las predicciones de los charlatanes de turno y por las fantasías tomadas de la ciencia ficción y piense más bien en qué está haciendo ya la tecnología con su vida. Vea cómo algunos individuos y empresas empiezan a meter sus narices en ella, en la suya y en la de los demás. Antes que angustiarse con la posibilidad de ser exterminado por los robots, infórmese sobre el uso que se está haciendo de armas inteligentes, capaces de seleccionar por sí mismas los objetivos a batir, pero programadas por seres humanos para esa tarea.

La tecnología ha sido consustancial al ser humano desde sus orígenes, como ya enseñó Ortega y ahora redescubren algunos teóricos. No hay ser humano sin tecnología y el lugar en el que éste se encuentra realmente a gusto es en el mundo que la tecnología le proporciona. Sería absurdo renunciar a sus beneficios. Pero para que la tecnología cumpla su función hay que saber previamente qué queremos hacer con nuestra vida y hasta dónde queremos entregarla a lo que otros dispongan para nosotros. Mientras lo averigua, no deje que le distraigan con tecnofantasías distópicas.

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