Ingratos

Alberto Gómez
ALBERTO GÓMEZ

La torpeza de muchos de nuestros políticos en redes sociales ofrece material de sobra para una sección diaria y casi para un seguimiento en directo, como esos partidos narrados minuto a minuto. Hay cargos públicos que parecen haber contratado como community manager a su peor enemigo. Solo así se entenderían sus salidas de tono, lo más parecido a lanzar una cáscara al suelo y acabar resbalando; entre la justicia poética y la ridiculez. El último en caerse por una zanja abierta con sus propias manos, hasta verse obligado a rectificar, ha sido el gerente de Turismo Costa del Sol, Arturo Bernal, que en un texto publicado en su cuenta (hasta entonces pública) de Facebook con motivo de la entrega de los Goya redujo la industria del cine español a «una cuadrilla de ingratos que viven de las ayudas de un país que no paran de denostar». Luego matizó sus palabras hasta enfangarse más si cabe: «Se aprovecha una gala pública para que unos ingratos critiquen al gobierno del PP, y me parece infumable».

Las cavernícolas declaraciones de Bernal dejan al descubierto un concepto de las subvenciones más cercano al intercambio de favores y el clientelismo que a los principios legales que supuestamente rigen cualquier ayuda pública. Cabría preguntarse hasta qué punto el órgano que dirige Bernal, el más importante de la provincia en materia turística, espera contraprestaciones por parte de los destinatarios de sus inversiones, y qué ocurre en caso de que se muestren «ingratos», siguiendo la lógica de su discurso. Pero volvamos al cine. Por su festival, Málaga se ha consolidado como epicentro del cine español, una industria en la que tienen cabida, y los asiduos al certamen malagueño lo saben bien, películas soporíferas, malas hasta la extenuación, y auténticas obras maestras, en muchos casos reconocidas internacionalmente.

Resulta fascinante que los mismos que hacen contorsiones imposibles con tal de aparecer en una foto junto a Antonio Banderas o Dani Rovira recurran a clichés de posguerra para cuestionar el cine español, como si fuera un género en sí mismo. Aquí surge otra pregunta: ¿qué odia realmente la gente que dice odiar el cine español? Cualquier respuesta tiene connotaciones morales o políticas, alejadas en todo caso de criterios artísticos. Convendría salvaguardar la cultura, pulmón intelectual de cualquier sociedad, de los juicios de valor tan recurrentes en estos tiempos de dogmatismos y trincheras puritanas. O corremos el riesgo de sacar las obras de Eugenio Chicano de las iglesias y las películas de Woody Allen y Pedro Almodóvar de nuestras vidas.

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