El ingeniero de la solidaridad

Javier Peña, presidente de Bancosol/Fernando González
Javier Peña, presidente de Bancosol / Fernando González

Amanda Salazar
AMANDA SALAZARMálaga

Recuerdo la primera vez que hablé con Javier Peña. Fue por teléfono, acababa de llegar a la sección de local del periódico y me habían encargado llamar al presidente de Bancosol. Una llamada rutinaria, seguramente porque el día sería tranquilo e informativamente flojo. Empezó a hablarme de kilos de alimentos repartidos y de cifras de beneficiarios como si aquellas cantidades fueran lo más normal del mundo, con esa forma de hablar pausada tan suya. Pero para mí, como periodista, fue un jarro de agua fría. Sabía de la labor que hacía Bancosol pero, ¿tres millones de kilos de alimentos repartidos al año? ¿30.000 personas que en Málaga necesitaban apoyo para poder comer a diario? Era el año 2008 y la crisis empezaba a asomar. Entones, ni siquiera Javier sabía lo que se le venía encima. Esas 30.000 personas pasaron a ser 55.000 y la labor de Bancosol se hizo entonces imprescindible.

Desde esa llamada telefónica, traté muchas más veces con Javier, narrando los efectos de la crisis en las familias malagueñas. Muchas de esas nuevas personas necesitadas pertenecían a la clase media y jamás imaginaron que tendrían que acudir a una ONG para algo tan básico. Fueron tiempos duros. Aún lo son en muchos hogares. Pero también fueron momentos para comprobar la fuerza de las entidades sociales. Con Bancosol a la cabeza, las ONG se reinventaron para perfeccionarse, para no dejar a nadie por el camino. Con el Área de Bienestar Social del Ayuntamiento de Málaga -ahora Derechos Sociales- las asociaciones mejoraron su trabajo en red. Y para ello, Javier aportó mucho. Siempre tuvo una visión clara de la labor de Bancosol. La entidad era el paraguas que cobijaba a 200 pequeñas asociaciones que realizaban el reparto directo.

Hay pocas puertas relacionadas con el sector de la distribución de alimentos a las que no Javier haya llamado para evitar que se despilfarrase comida. La primera, Mercamálaga. Pero no se limitaba a pedir. Javier inventaba. Era todo un ingeniero de la solidaridad. Lo mismo creaba una marca propia de conservas provenientes de los excedentes del campo andaluz que convencía a la industria de congelados para hacer llegar carne o pescado entre sus beneficiarios. Lo último, dar formación para sacar a sus usuarios de la bolsa del paro. Y todo lo hacía con una tranquilidad pasmosa y con total naturalidad. Lo que no quiere decir que no tuviese un carácter fuerte. De eso también dan fe quieres trabajaron con él codo con codo. Sus colaboradores dicen que, cuando veía algo muy claro, no se entretenía con las diplomacias.

Muchas veces se ha criticado al Banco de Alimentos porque puede confundirse su labor con la caridad. Y nada más lejos de lo que pretendía Javier. Creía en aquello de la caña antes que el pescado. Pero decía que a veces, para que la gente tuviera tiempo de buscar una salida, había que cubrir lo más básico. Su reto era que no existiera Bancosol. Pero entre tanto, trataba de ofrecer ayuda con la mayor dignidad posible para quienes la solicitaban. Málaga debe mucho a Bancosol y a Javier Peña. Con su trabajo, ha ayudado a muchas personas en los peores momentos, entre ellas a muchos niños, siendo el salvavidas de muchas familias. Dicen que uno no sabe lo que tiene hasta que lo pierde. Puede que ahora que nos ha dejado, la sociedad malagueña se dé cuenta de todo ese legado. Seguro que desde donde esté, seguirá inventando nuevas soluciones para todos los problemas.

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