Sin ir más lejos

Los indignados del 0,25

Esa pandemia de ingenuidad hace tiempo que pasó a peor vida, como las pensiones y su hucha

José Vicente Astorga
JOSÉ VICENTE ASTORGA

Sólo los muy optimistas defienden que esas profesiones desconocidas que están por venir reemplazar sin traumas ni necesidad de rentas básicas a los muchos empleos que robots y máquinas, que siguen sin cotizar, se encargan ya de mandar al desguace laboral. La cuarta revolución industrial pone a muchos a la cuarta pregunta incluso antes de que tengan la dudosa suerte de encontrar algún trabajo alternativo por precario que sea. La pensión de jubilación, entonces, emerge como la última quimera del antropoceno. El trabajo irá sobre todo a quienes crean y mantienen las nuevas herramientas, pero la masa de consumidores seguirá unida a la vida por un corto salario si acaso y, eso sí, por un potente wifi para que no cause baja como bracero del dato al servicio del granero digital. No hace falta que los nuevos sistemas y artilugios que arrinconan empleos sean el último grito en inteligencia artificial ni que incluyan reconocimiento de voz, pero todo eso ayuda. La mal entendida economía colaborativa empezó con cosas más simples hace tiempo. A los empleados en las gasolineras les asfixiamos con un delgado guante que nos ponemos para coger la manguera. No hizo falta robot sino unos céntimos como disolvente de cualquier micropoder del consumidor. Ikea inauguró la máquina perfecta del 'hágalo usted mismo' y el bazar chino aportó la evidencia de que es posible pedirle la arandela que falta a un dependiente sin horas. La realidad laboral hace tiempo que cotiza muy poco y la ensoñación del jubilado como inquilino de un largo tiempo de ocio se esfuma. Esa pandemia de ingenuidad hace tiempo que pasó a peor vida, como las pensiones y su hucha. Nadie podía imaginar no hace tanto que no sólo no habría trabajos de por vida, sino tampoco pensiones dignas para la vejez. Se suponía que el tiempo libre se iba a convertir en el nuevo idioma común de las sociedades avanzadas, y que ese envejecimiento activo nada tendría que ver con buscar ingresos para completar los dolorosos pellizcos del factor de sostenibilidad, ese horizonte nada improbable que en el Bronx neoyorquino deja el patético costumbrismo de ancianos acarreando cubas de basura para completar la paga. El futuro que asoma nada tiene que ver con un retiro desahogado. El envejecimiento se ha vuelto expectante e indignado en nuestras ciudades a medida que crece el ensayo general del desconcierto político para apaciguarlo. Nuestros mayores, los indignados del 0,25, ahorran en calefacción calentando la calle, pero han echado otras cuentas. El sálvese quien pueda después de socorrer a hijos y demás familia es parte de un porvenir oscuro contra el que se rebelan. Los viejos ya no miran las zanjas de las obra. Ese era el envejecimiento pasivo de algunos. Ahora casi todos andan oteando el futuro imperfecto aunque haya hasta privilegiados que se quieran sacar a ese carné para gestionar colonias de gatos asilvestrados que se acaba de anunciar en Málaga. La mayoría galopa sobre su propio tigre.

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