Indignaditos

Relaciones humanas

JOSÉ MARÍA ROMERA

Nunca ha habido tantos indignados. Indignados en la política, pero también en la cultura, la vida social, las relaciones laborales o las cosas del pequeño discurrir de los días. Los nutridos foros de opinión que el frenesí comunicativo de la época pone a nuestro alcance ofrecen continuas sacudidas de indignación originadas en hechos, situaciones o declaraciones de cualquier tipo, que al instante arrastran a muchedumbres en una especie de torneo donde todos pugnan por ganar el premio al más soliviantado. Es una forma de estar en el mundo como cualquier otra: un estilo, una moda tal vez, que no obstante goza de prestigio en tanto que se presenta como signo de conciencia y compromiso. Mantener la capacidad de escandalizarse supone no abdicar de los propios ideales, gozar de integridad moral, declararse en rebeldía contra el cinismo de la costumbre y la despreocupación. Perfecto, si la indignación fuera el paso previo a la reflexión y la acción, si al estallar desencadenara algo más que ruido y no se agotara en un gratificante ejercicio de narcisismo más o menos encendido sin otro efecto posterior que no sea la satisfacción del indignado.

Se podría sostener que la indignación es signo de rebeldía y, por tanto -si se admite la atrevida asociación- de juventud. O sea, de pureza y de frescura. Pero la juventud tiende a menudo a retroceder un poco y situarse en plena infancia. En uno de los breves ensayos que integran 'Lo único exacto' (Alianza Editorial, 2017), el filósofo Alain Finkielkraut escribe a propósito del autor del célebre 'Indignaos', Stéphane Hessel: «Hessel no es que haya seguido vivo, es que ha seguido siendo adolescente hasta la muerte [...]. No maduró no se sosegó, siempre siguió siendo el mismo. Desde el principio hasta el final del todo, en sus ojos brillaban las llamaradas». Y añade: «Y si nuestra época lo eleva a las nubes, es porque reconoce en él la elección que la propia época hizo de la intensidad frente a la inteligencia». No deja de ser saludable esta revisión del mito que hace pocos años llegó a alzarse a intelectual de cabecera de todo un movimiento cuya irrupción en la política no es ajena a la actual efervescencia de indignaciones.

Sin embargo la indignación por sistema también es indicio de envejecimiento. Como ha escrito Manuel Vicent, «La curva de la decadencia empieza en el momento en que el sujeto empieza a decir 'qué barbaridad'. Cuando se sorprenda a sí mismo diciendo 'qué barbaridad' más de tres veces al día, tiemble: prácticamente está usted muerto». En esa rara conexión entre la puerilidad y el declive, la indignación como actitud preferente respecto de la realidad representa el gesto más significativo de la actual tendencia al exhibicionismo moral: una postura que se podría definir como la propensión a comportarse o expresarse con fines de lucimiento, para ganar entre los de alrededor una buena reputación. El exhibicionista moral se guía por el anhelo de ser considerado moralmente respetable, sin que le importe gran cosa aportar algo a la causa que dice defender. Eso lleva a las muestras emocionales intensas y explosivas, a una sobreactuación ruidosa que aspira a demostrar la robustez de las propias convicciones. Hay que hacerse ver airados, agraviados, ofendidos, afectados en grado sumo para que no quepa duda alguna de la firmeza de nuestros principios aunque nada de eso garantice ni la calidad ni la efectividad de nuestras opiniones.

Marshall Mcluhan: «La indignación moral es la estrategia tipo para dotar al idiota de dignidad»

No importaría mucho si el actual 'moralinismo' y su sobrecarga de gesticulación indignada no pusieran en riesgo los fines del discurso público, que no son otros que la obtención del bien común y la mejora de los individuos y las sociedades. Como para el exhibicionista moral el hecho de exaltarse dispensa de cualquier otra acción, las polémicas suelen derivar a una escalada de manifestaciones a cual más sonora en la que a la opinión irritada de uno le sucede la condena ofensiva de otro, y a esta la acusación, el insulto o la ofensa directa de otros tantos. Pero la peor consecuencia negativa del exhibicionismo moral quizá no sea tanto este embrutecimiento de la opinión como la banalización de los agravios. Dado que el propenso a la indignación necesita motivos para dar rienda suelta a su hábito, cada vez aumentan más las situaciones que antes se habrían considerado intrascendentes y ahora provocan reacciones de proporciones sísmicas. Todo se desmesura y se hiperboliza; la piel fina sustituye a la serena tolerancia; saltamos a la menor y entramos a todos los trapos; crece la turba de sabuesos, fiscales e inquisidores obsesionados en hallar pretextos para el despliegue de su cruzada. Y al final, hartos de tanto rasgado de vestiduras ante hechos nimios, perdemos la noción de lo recto y lo imperdonable. Cuanto más barato resulta el enfado, menos importancia damos a lo verdaderamente debería escandalizarnos.

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