INDEPENDENCIA

NIELSON SÁNCHEZ-STEWART

ENTRE los temas que nos pasamos la vida estudiando, discutiendo, profundizando y diciendo siempre las mismas cosas, la independencia ocupa un lugar importante. Porque desde tiempo inmemorial se dice que la abogacía es una profesión liberal y que el abogado debe ser libre e independiente. Siempre se usa el binomio libertad e independencia y sospecho, soy un mal pensado, porque, al declararlo así, no se sabe muy bien donde termina una y empieza la otra. Es como la intersección entre la calle Libertad y la avenida Independencia. En previsión que alguno de mis compañeros de la Escuela de Práctica Jurídica -hoy Máster de la abogacía- me preguntase no sólo qué contenía cada uno de esos conceptos sino en qué se diferenciaban, me inventé una teoría que desarrollo muy ufano aunque todavía nadie me ha pedido que le saque de dudas. Esto me pasa a menudo. Independencia es la falta de dependencia, algo que resulta evidente. Y, a diferencia de la libertad, debería, si existiese, ser absoluta. Igual que no se puede estar medio embarazado es difícil ser medio independiente. En cambio, la libertad nunca puede ser absoluta. Ni siquiera aquella que disfrutaba -es un decir- San Simeón el Estilita en lo alto de su columna. Hay libertad de movimiento, de elección, de expresión, de asociación y de no sé cuantas cosas más, varias de las cuales consagra y protege nuestra Constitución. Incluso la libertad a secas, queda Ud. en libertad, se reduce a poder marcharse del centro de detención o prisión, no para hacer lo que se le venga en gana y, por ejemplo, atizarle un sopapo al funcionario que lo condujo hasta allí o al que lo custodió. La libertad está siempre limitada. Se dice y con razón que la libertad de uno termina exactamente donde comienza la libertad del otro.

Estos días hemos escuchado mucho la palabra independencia. Se esgrime como una panacea, el bálsamo de Fierabrás que resolverá todos los problemas. Es un desiderátum. Y otros dicen que no, que nada de independencia. Que libertad y democracia. En este diálogo de sordos estamos confundiendo los conceptos. No es que la libertad sea buena y la independencia, mala. Es que simplemente no es posible sin sedición, rebelión o revolución. Y eso no es lo que queremos. Y no habrá acuerdo. No hay puerta de escape en la Constitución ni interlocutor válido, salvo la nación entera.

Todos quisiéramos ser independientes, no depender de nadie. Como decía mi abuelo, quisiera fabricarme mis propios zapatos para que nadie me pusiese condiciones si quería ir calzado. Pero en el mundo de hoy, la independencia es una quimera. Todos cedemos mucho para recibir algo a cambio y, generalmente, no sé por qué, todos salimos ganando. Es cierto que algunos resultan más beneficiados, generalmente los más vivos pero también los más necesitados. Es una gigantesca y casi cósmica solidaridad. Pagamos impuestos pero salimos a la calle sin temor, nos las alumbran, nos limpian las ciudades, nos construyen carreteras; cotizamos a un régimen de previsión y asistencia sanitaria pero nos curan de nuestras dolencias y algo nos dan cuando ya no podemos valernos por nuestros propios medios.

Hoy dependemos todos unos de otros y este trabajo conjunto hace que el planeta sea un sitio más agradable y adecuado. Para que la humanidad viva mejor se propende a fomentar las grandes uniones, también de los países que por su proximidad geográfica están condenados a entenderse pasando más allá de los estrechos límites que un día se fijaron caprichosamente y, las más de las veces, como resultado de una guerra y de un enfrentamiento. Las ideas de amurallar el villorrio pasaron definitivamente a la historia. Los muros desparecieron de casi todas partes. Para muestras quedan en Lugo, hoy un paseo agradabilísimo especialmente si se hace en compañía de Félix y su esposa, y en Ávila. Pero hasta en Barcelona cayeron para ser reemplazados ventajosamente por las rondas, San Pedro, San Antonio, Universidad, son exponentes de ese deseo de abrirse al mundo.

Hay que componer el desaguisado y terminar de vender el no.

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