El increíble truco de una madre

JUAN GÓMEZ-JURADO

Esta semana hemos conocido a través de las redes sociales y de los medios una fotografía que a muchos nos ha sacado una sonrisa. Se trata de una imagen que compartía una madre italiana en su muro de Facebook, en la que se veía una nota que le había dejado a sus hijos adolescentes, pegada con un imán sobre la nevera. «La contraseña del wifi de esta semana es el color del vestido de Anna Karenina en el libro. ¡He dicho el libro, no la película! Buena suerte. PD: he empezado a leer 'El conde de Montecristo», finalizaba, dando a entender el reto de la próxima semana. Esta imagen se hizo viral en cuestión de horas, consiguiendo que centenares de miles de usuarios de redes la compartieran. Concurría una circunstancia concreta, y es que la petición de la madre toca algo que para muchos -obviamente, estaba ocurriendo en redes- es un derecho fundamental: el uso de Internet.

Ello motivó tanto alabanzas a la madre como feroces críticas. De este segundo grupo, las más abundantes eran las que hacían referencia a que no se puede imponer una afición a alguien, so pena que la aborrezca. Una afirmación que es cuestionable. Para empezar, la lectura no es una afición. Si hay una capacidad que los seres humanos necesitamos para vivir, progresar, socializarnos y crecer, esa es el lenguaje. Y la mejor manera en la que podemos aumentar nuestra capacidad de uso del lenguaje es la palabra escrita. Es cierto que hay personas que no lo tienen tan sencillo, sobre todo si tienen una discapacidad, pero incluso aquellas personas que no ven aprenden a leer con las manos. Hoy parece que está de moda minimizar la importancia de la lectura. Las redes sociales y los nuevos medios de expresión permiten fascinantes e increíbles nuevas modalidades creativas. Pero -no sé si será casualidad- lo primero que hace un 'youtuber' cuando alcanza cierto nivel de fama es escribir un libro. Intereses económicos aparte, eso dice mucho, sobre todo porque miles de adolescentes los compran. Es posible que vivamos en un mundo nuevo, distinto, en un mundo, quizás, mejor. Pero los cimientos de la cultura, de la creatividad, de la sociabilidad, del progreso y de la larguísima lista de cosas que nos hacen humanos siguen residiendo en la palabra escrita y en su mínimo común múltiplo, el libro. Por eso perdonarán que felicite a esa madre italiana y que me ría muy alto y muy fuerte de los que ponen el grito en el cielo exigiendo la conexión antes que la lectura. Porque abrir la ventana de un navegador es lo mismo que poner un pie en la calle. Y no dejamos a nuestros hijos que se aventuren solos en lo desconocido sin que antes sean lo bastante fuertes. Por fuera primero, pero sobre todo por dentro.

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