Impostores al descubierto

MARTA ROBLES. PERIODISTA Y ESCRITORA

En estos días en los que el oficio de periodista aparece denostado entre el borboteo constante de demasiada información sin contrastar, donde existen más escritores que lectores y la urgencia le ha usurpado el puesto a la importancia, es cuando más orgullosa me siento de escribir, de contar historias reales o ficticias, pero siempre cargadas de intención y de compromiso. Vivo en la frontera, entre el periodismo y la literatura, entre la verdad y la verosimilitud; pero sé que es ahí donde quiero estar, el puesto que no cambiaría por otro y que defenderé con uñas y dientes frente a las legiones extranjeras, hordas de bárbaros, que pretenden cercarme desde las redes, con discursos vacíos, escudados en el anonimato, y con la ignorancia a modo de espada asesina.

No me importa el intrusismo, ni tampoco creo que sea necesario el título que yo ostento con orgullo de la Facultad de Ciencias de la Información para saber trasladar las historias verdaderas o falsas; pero entiendo que cuando uno se decide a contar debe hacerlo con rigor, incluso cuando lo hace desde la ficción. Por descontado que solo en el segundo caso están permitidas las licencias respecto al contenido, pero en ambos es imprescindible tener algo que contar y una forma personal de hacerlo. Es verdad que algunos libros merecerían acabar en la piscina, arrojados sin desdoro, como solía hacerlo Umbral. Y también que no todos los periodistas somos perfectos y a veces se nos escapan las comas y las tildes y hasta olvidamos la pirámide invertida, que obliga a narrar de manera opuesta a la habitual de las novelas, empezando por el desenlace; pero también lo es que yo puedo presumir de innumerables colegas que han entregado la vida y el alma a la realidad y se han jugado el pellejo para desentrañar misterios y sacarlos a la luz pública, y de otros tantos que los han construido dejándose la sangre en el teclado para tocar el corazón de los lectores.

Los periodistas, los escritores, somos contadores de historias y trabajamos hurgando en todas partes, curioseando en todos sitios, escuchando en todos los rincones y aprovechando hasta las conversaciones de la máquina del café. Pero no nos confundan: los que de verdad lo somos, nos documentamos hasta quedarnos exhaustos, contrastamos hasta el delirio y no emborronamos la información, ni las novelas, con datos que no sirven a la historia. Dicen que corren malos tiempos para el periodismo y también para la creación literaria. Pero yo creo que solo son tiempos de acomodarse, que el progreso ha reventado de posibilidades milagrosas el mundo de la comunicación y que todo esto derivará en algo mucho mejor, donde se valorara, como corresponde, solo aquello que sea digno de ser valorado.

Mi siempre admirado Iñaki Gabilondo dice que con la información de la era de Internet sucede lo mismo que con el agua en las inundaciones: hay mucha, pero poca potable. Y yo lo suscribo y añado que también ocurre en la literatura. Pero será por poco tiempo, querido Iñaki: pronto, los impostores de un lado u otro, quedarán al descubierto.

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