Imponer la alegría

No queda más que autoimponerse la alegría como ciudad

JESÚS NIETO JURADO

El último día de la Feria las caras estaban cansadas. Hasta el tiempo quiso acompañar el medio luto con esa niebla meona que creo que aguantó hasta la amanecida. El vino pálido fue más pálido, los decibelios bajaron, y los bolardos -y los maceteros- en las rectas pobladas y vividas de la ciudad venían a recordarnos la tragedia a la hora en que salimos a correr con la radio y las lágrimas. Ya se ha escrito aquí cuánto tiene Málaga de la mejor Barcelona, de la Barcelona que es crisol y donde Europa se moja en un mar viejo que ha puesto las verdades del Libro en cuarentena: primero el Hombre y después un Dios que permite cuestionar todo, incluso el mismo Paraíso. Y quizá por eso, en cuanto vimos lo del 24 Horas, pensáramos en Calle Larios y también en ese tío nuestro que se fue a mejorar del 'perraje' a una Cataluña que fue integradora. Pero lo cierto es que los grupos que iban al Real iban cabizbajos, consultaban el móvil. Hablaban del terrorismo y del apuñalamiento local, que el mal en eso de sus maldades sabe ser plural y diversificarse. En todo caso, la infamia del ISIS, sus ecos, dejó en el tercio final de nuestra fiesta grande esa inercia triste que los españoles tenemos cuando nos atacan. La moral, que no el cuerpo, nos pedía diversión. Aferrarse a la alegría como en aquel poema de Benedetti que repitió machaconamente el zapaterismo de la ceja: «Defender la alegría/como una trinchera». Se lo dije a Ángel Garó, cenando el sábado, cuando teorizábamos sobre la catarsis o no del humor.

Hablé con mi editor barcelonés y le propuse un homenaje al Pijoaparte de Marsé, con los que somos nuevos narradores defendiendo esa Barcelona que fue y que más que nunca ha de perderse. La televisión me daba de nuevo las imágenes de Las Ramblas: pensaba yo en todo y en eso de seguir. Leí a Soler en su columna y en sus bailarinas muertas, y acabé de comprender lo que se ha venido a romper en estas medianías de agosto.

De cualquier modo ha llegado el momento de imponerse el hedonismo tranquilo como el mejor peto contra estas balas que hieren cuanto tocan. Poder nunca han podido, pero esta ciudad también ha sacado la sonrisa, su cualidad de puerto feliz, como la mejor prevención ante cualquier perro de ésos a los que no vamos a permitir que nos cercenen el paseo al atardecer, la Babel del Muelle 1 y nuestros Campos Elíseos que van de La Equitativa arriba. Tampoco aquí, a mil kilómetros, les tenemos miedo ni respeto.

Ojalá los asesinos y sus canallas se pudran, que la ciudad y el mundo, aguantando las lágrimas, seguirá bailando. Con su tráfago cotidiano y eso tan nuestro que es vivir lo que se pueda bajo el sol. El mismito sol que en BCN.

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