El impacto

El extranjero

Antonio Soler
ANTONIO SOLER

A nuestra vapuleada generación le contaron que el progreso era derrumbarlo todo y hacer edificios con las esquinas muy afiladas. Había que tirar los relojes de péndulo, quemar los cuadros de la abuela con sus marcos de oro viejo y sus paisajes recubiertos de humo. Luego vino la regeneración estética, no se sabe si a caballo de la democracia o si es que coincidieron en esa corriente pendular en la que siempre se ha movido el gusto de la sociedad. El caso es que a partir de entonces cualquier cachivache con más de medio siglo se convirtió en reliquia. Lo que antes pasaba por mojama era ahora brazo de Santa Teresa.

En Málaga, aquella modernidad del derrumbe ocasionó daños múltiples. Al pie del edificio podrido de Correos había un barrio que aparecía en 'El Quijote', el Perchel, y que, si la desidia no hubiera sido tan grande y la piqueta tan alegre, podría haberse convertido en una especie de barrio de Santa Cruz malagueño. La Malagueta se pobló de un conglomerado de púas arquitectónicas. Medio teatro romano fue sepultado por una presunta Casa de la Cultura. Así continúa la lista. Y así nos vino el corsé de las buenas costumbres. Un corsé que levanta ampollas cuando nos hablan de tirar un edificio sin el menor interés arquitectónico ni estético como el de La Mundial por el simple hecho de ser viejo y nos remueve la bilis al pensar que uno de los arquitectos más valorados del mundo puede poner sus manos en ese altar/solar.

La vacuna generó tantos anticuerpos que cuando nos dicen de tocar algo en la ciudad, la reacción es calenturienta y de entrada provoca demasiados desgarros de vestiduras. Sólo así se explica la batalla dialéctica que origina el posible rascacielos del puerto. A los amigos del proteccionismo, ahora avalados por el informe Icomos, habría que preguntarles si habría sido mejor conservar ese nudo de calles infectas -pero muy típicas, con un aval histórico incuestionable- y no construir la calle Larios. O si no se debió ganar terreno al mar para crear el Parque. La cuestión no está en el conservadurismo o la innovación a ultranza, sino en la calidad de lo que se desecha o se crea. Y de ello depende el famoso impacto visual. Puede ser un impacto magnífico o penoso, no en función del tamaño del edificio, sino de su estética. El proyecto que hay sobre la mesa no es la ópera de Sidney ni el Kursaal de San Sebastián. Esa es la cuestión. No el hecho de que se construya un rascacielos que albergue un hotel de cinco estrellas y un auditorio para casi mil personas, que atraería congresos y un turismo de más calidad que el consumidor de helados, muy digno pero que acabará abaratando Málaga como destino turístico. Dicen que detrás de eso se esconde el sucio dinero. Claro. En su día la construcción de la calle Larios fue un asunto de elevado interés especulativo, no una obra de caridad. A la larga, además de a sus promotores, la obra benefició a todos.

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