IMAGEN PRIMERA

Lalia González
LALIA GONZÁLEZ

Cuando cruzaron Sierra Morena y descubrieron «súbitamente» la campiña andaluza, los 'cien mil hijos de San Luis' sufrieron tal impresión que de manera espontánea los batallones «presentaron armas a la tierra maravillosa». Lo cuenta Ortega y Gasset como cita de Chateaubriand en una nota a pie de página de su controvertida 'Teoría de Andalucía'. Luego, sin duda, a los gabachos se les pasó, porque se emplearon a fondo en destrozar el alma liberal que había prendido en este Sur, convertido entonces en el núcleo central, avanzado, resistente, cosmopolita, de España. Pero el trabajo es el trabajo.

No eran desde luego seres de extraordinaria sensibilidad aquellos soldados del absolutismo, de modo que hemos de conceder que el espectáculo bien lo merecía, por mucho que el escritor con nombre de filete (en torno a cuyo árbol en París se ha levantado el excepcional centro cultural Cartier), también pusiera de su parte.

Si hubieran tenido Instagram o Twitter, los cien mil se hubieran liado a selfies, pero miraron y rindieron armas y de no ser por el escritor no hubiera quedado huella. Es más, habría quedado sepultada debajo de la sobreabundancia de imágenes frenéticas y efímeras entre las que hoy a duras penas el conocimiento lucha por abrirse paso.

Fuentes dignas de todo crédito, como Alberto González Troyano, autor deAndalucía: cinco miradas críticas y una divagación' proponen leer bien y no simplificar la teoría de Ortega. Su referencia al 'ideal vegetativo', es decir a la pereza, de los andaluces, ha pesado como una losa en el concepto de la comunidad. Desde luego, hoy inflamaría las redes sociales.

La idea de Andalucía no resiste la simplificación y dificilmente se puede acotar de manera científica. ¿La describe la tasa de paro o el índice de felicidad? La pregunta sigue abierta. Pero esa imagen primera, el deslumbramiento al contemplar la tierra, bien vale como punto de apoyo.

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