¿Qué iluminamos?

Todo el orbe se irá convirtiendo en una inmensa conurbación sin identidad, habitada por humanos uniformados y sin memoria ni tradiciones

FEDERICO ROMERO. DOCTOR EN DERECHO

Hace ya más de cincuenta años, andaba yo por tierras sevillanas ejerciendo mis funciones de escribano, cuando en el universo de los alumbradores festivos brillaba con luz propia un ponedor de bombillas que ganaba las licitaciones con una reiteración que me escamaba. Escudriñaba yo los expedientes licitatorios para ver si me había dejado atrás algún paso procedimental de la ley pero, a la hora de la apertura de plicas, siempre ganaba limpiamente el inevitable J... Siempre J... ¡Qué tío! En Ferias, Semanas Santas, Carnavales y Navidades aparecía tan inexorable como los carritos de turrón de Jijona y, pasando los años, se reinventaba, incluyendo el nombre, -ya como X...- convertido, ¡digo yo!, en una especie de sucursal lumínica del Universo. Al menos en Andalucía, no faltaban en las colgadas guirnaldas de luces y colores un toque alusivo a lo que se festejaba que, como la estrella polar, servía de punto orientativo para caminantes.

Poco a poco, como es el caso de Madrid, una anodina neutralidad, disfrazada de hipócrita respeto, ha hecho que en la iluminación navideña desaparezca todo signo que recuerde lo que en realidad venimos celebrando. Quizás pronto empezarán a aparecer en las guirnaldas reclamos comerciales o unas níveas estrellas alusivas al solsticio de invierno para que, dentro de esa descomprometida y abstracta referencia, todos podamos sentirnos cómodos. Dice una conocida alcaldesa, aunque no es la única autoridad municipal que así opina, que no conviene imponer creencias religiosas a quienes, no creyendo en el Niño de Belén, o siendo budistas o agnósticos, pueden sentirse molestos paseando bajo signos que recuerden lo acaecido hace más de dos mil años en la aludida aldea. Según ello, todo el orbe se irá convirtiendo en una inmensa conurbación sin identidad, habitada por humanos uniformados y sin memoria ni tradiciones. Nadie podrá sentirse así molesto pero puede que entonces tampoco se pueda sentir nada.

Quizás ello pueda obedecer a una meditada estrategia social, tan intencionada como al anterior adoctrinamiento contra el que se lucha. La propuesta de un Mundo sin Dios es más antigua que la polca. Aunque Occidente es inconcebible sin el Cristianismo, hace ya mucho tiempo que la Unión Europea ha abdicado de esa herencia, como si tuviera que pagar por ella el descomunal Impuesto de Sucesiones que nos aqueja. La Constitución Europea, por supuesto, ni la menciona. No se atreven a echar abajo las grandes catedrales, pero se irán convirtiendo en museos o simples reclamos turísticos. Los augustos monasterios sumirán sus inmensas bibliotecas, que conservaron para nosotros tanto saber, en un lodazal olvidado e inservible, desbancados por las crecientes memorias de computadoras cada vez más potentes.

Pero, con independencia de que se tenga, o se viva, la fe cristiana, como dijo, no ha mucho, Thomas E. Woods Jr.: «la amnesia histórica que Occidente se ha impuesto no puede borrar ni el pasado de la Iglesia, ni su función decisiva en la construcción de la civilización occidental.» De momento, estamos donde estamos. En España y con su historia. No tiene sentido una Semana Santa malagueña sin el Cautivo o la Esperanza, ni una Navidad sin belenes. No tiene sentido poner trabas a las tradiciones populares como medio de facilitar el camino para borrar de la memoria al galileo que decía ser Hijo de Dios. Los que aun creemos en Él no renunciaremos, aunque se nos quiten de en medio todos los signos, porque seguiremos viendo encarnado en cada hombre la dignidad que le fue conferida por Él. Decía esa gran filósofa francesa que se alistó en la columna Durruti y se llamaba Simone Weil: «No soy católica, pero creo que no es posible renunciar a las ideas cristianas sin degradarse; unas ideas cuyas raíces se hallan en el pensamiento griego y en el proceso secular que ha alimentado nuestra civilización europea durante siglos». Simone Weil se bautizó antes de morir; y probablemente, en ese momento, pensaría que además existían otras clases de raíces, consistentes no solo en la profesión de unas ideas, sino en el seguimiento de, Quién naciendo en Belén de Judea, 'pasó haciendo el bien'.

De momento nuestra ciudad sigue iluminándose con signos que no son solo un referente estético, sino que nos ilustra con las referencias antiguas y entrañables de las que trae causa. No hay mejor revestimiento de ese querido salón común, que es nuestra calle Larios, que esa estructura de luces y vidrieras que lo convierten en una portentosa nave central de una efímera catedral gótica. Puede que con el paso de los años, que yo no viviré, siga intentándose convencernos que, en realidad, celebramos el solsticio de invierno. Sin embargo, siempre habrá otros que aunque no puedan iluminar el asfalto con bombillitas, den luz a los corazones con el verdadero espíritu de la Navidad, que es el Amor encarnado.

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