De ídolos a fantoches

De ídolos a fantoches

JOSÉ MARÍA ROMERA

Al calor de la disputa política surge el humor como contrapunto amable de una crítica demasiado proclive al ensañamiento cruel y a la negación del adversario. Hacer del rival un personaje de chiste es, en cierto modo, una forma de humanizarlo trayéndolo al espacio de lo jovial: una región donde la vida depone sus espinas y todo se torna más cercano. Pero si es así, ¿a qué se debe la irritación del político que tolera con entereza que lo tachen de corrupto pero en cambio sucumbe al impacto letal de una caricatura? ¿No será que bajo su apariencia indolora el humor satírico encierra más agresividad que la crítica directa? Eso hace pensar la propagación en las redes de toda clase de burlas, chanzas e invectivas políticas supuestamente cómicas, favorecidas por el enorme potencial persuasivo de estas nuevas formas de expresión y comunicación. Burlarse del poderoso o del distinguido es sencillo; basta entrecomillarle alguna frase infortunada y echarla a volar acompañada de una glosa sarcástica, o capturar una imagen suya desfavorecedora para, tras retocarla convenientemente o añadirle un bocadillo de nuestra cosecha, convertir al retratado en un fantoche. A partir de ahí el escarnio trabaja con reglas propias: propagación inmediata e ilimitada, deformación de la realidad, influjo garantizado no solo entre los afines sino también en los poco significados pero sensibles a la fascinación de lo grotesco.

No está mal, si sirve de higiénico contrapeso al culto al líder. Frente a la idolatría incondicional al político, una práctica quizá menos visible que en otros tiempos pero aún relativamente extendida, la ridiculización humorística permite devolverlo a su estatura real. ¿Hasta dónde puede considerarse legítimo que el ciudadano contrariado ponga en solfa las cualidades de sus dirigentes o incluso se ensañe con ellos si eso le sirve de catarsis? La burla va en el sueldo, suele decirse. En efecto, parece lógico que quien se somete continuadamente a la exposición pública para obtener beneficios de esa omnipresencia tenga que pagar de vez en cuando el tributo de la diatriba. Está más relacionado con el precio de la fama que afecta por igual a dignatarios, artistas o simples 'celebrities' que con la naturaleza de la actividad política. Simulacro a cambio de simulacro.

Pero la ridiculización de las figuras públicas va más allá de la pretensión de justicia compensatoria. Que en determinadas épocas históricas hayan florecido con especial virulencia las manifestaciones del humor crítico más inmisericorde, y que este no siempre se haya cebado selectivamente en los peores sino que elija sus presas al margen de merecimientos, quiere decir que los humoristas se guían por impulsos más emocionales que racionales. Al rebajar al político es como si nosotros creciéramos, no tanto para ponernos a su altura como para sentirnos reconfortados por el solo hecho de concebir el chiste o de reproducirlo. Para conseguir ese efecto es preciso, sin embargo, someter a la víctima a un proceso previo de desacreditación en virtud del cual se le niegue todo mérito, cualidad o capacidad. La historia muestra incontables casos de políticos de talento a los que el ingenio popular de su tiempo ha adjudicado la imagen del bobo a partir de una operación muñequizadora como las que efectuaba Valle-Inclán sobre los personajes de sus esperpentos. Un ejemplo especialmente sangrante fue el de Fernando Morán, quizá el más cultivado de cuantos compusieron uno de los gabinetes de Felipe González, sobre quien sin embargo circularon de forma masiva agudezas y chascarrillos que lo pintaban como un necio sin remedio.

LA CITAJules Renard «Buscad el ridículo en todo: lo encontraréis»

¿Quiénes son los títeres del nuevo puesto de feria donde la muchedumbre digital practica su tiro al pimpampúm? Donald Trump y Mariano Rajoy, por supuesto: el cargo obliga. Y los procesados por corrupción, quienes en el fondo preferirán el linchamiento humorístico a otro tipo de condenas. Pero también Puigdemont, Junqueras, Forcadell o cualesquiera de cuantos han tenido en vilo a una sociedad que se defiende de ellos describiéndolos como figuras estúpidas y risibles. Ni unos ni otros lo son, aunque algunos de sus actos se empeñen en tratar de demostrarlo. A veces incluso se diría que, como el caso de Morán, la inclemencia de la sátira va en relación inversa con la inteligencia del ridiculizado. Pero ¿qué sería de nuestra necesidad de autoafirmación -y de autodefensa como ciudadanos vapuleados- si se nos despojara de este derecho, uno de los pocos que conservamos en su integridad, a escoger a nuestro antojo el títere de turno? En cualquier caso, he aquí otro frente en el que deliberar en el sobado debate sobre los límites del humor: el que nos interpela sobre hasta qué punto estamos legitimados para someter a los políticos al acoso de la ridiculización sistemática en estos nuevos callejones del Gato en que se han convertido las redes de nuestros pecados.

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