Ícaro

Alberto Gómez
ALBERTO GÓMEZ

Fue una vecina quien me avisó: «El perro blanco es tuyo, ¿no? Está tirado en la calle, no sé qué le ha pasado». Ícaro había caído, o había saltado, quién sabe en busca de qué, desde un primer piso. No era la primera vez. Hace años, en Cantabria, de vacaciones, también quiso desafiar la ley de la gravedad, como si se empeñara en hacer honor a su nombre. No es cierto que los humanos seamos los únicos animales que tropezamos dos veces en la misma piedra. Por entonces se recuperó en unas semanas, fuerte y joven como era, pero ahora sus quince años complicaban el pronóstico, que en mi hipocondría habitual, extendida a los demás cada vez que ocurre algo, resultaba crítico. Bajé a la calle para recogerlo y envolverlo en una toalla antes de llamar al veterinario de urgencia más cercano, porque era mediodía. «Se me ha caído el perro», logré decir, sin haber planeado la inclusión casi folclórica del pronombre («se 'me' ha caído») pero dejando claro que aquello me atañía como un dolor propio. No entendía qué le había pasado, pero en cierto modo me sentí identificado con el carácter reincidente de Ícaro, esa obstinación entre admirable y temeraria, a lo Pedro Sánchez. Cada vez confío más en la teoría de que los animales acaban pareciéndose a sus dueños. En ocasiones la simbiosis resulta aterradora. Recuerdo que un amigo tuvo que llamar a una etóloga por los episodios agresivos de su gato. Los etólogos, yo lo desconocía, son los psicólogos de los animales. En cuanto vio al bicho en acción, la buena mujer ni siquiera se atrevió a entrar en el piso y le recetó Prozac, supongo que con más esperanza que convencimiento. El caso es que el diagnóstico inquietó tanto a mi amigo que cada noche le daba medio Prozac al gato y se tomaba él la otra mitad.

Ya hace diez días que Ícaro se lanzó al vacío y, pese a mi alarma inicial, han bastado unos analgésicos y varias horas en observación para que siga dando guerra. Ni una lesión grave, el chucho. El veterinario lo considera un milagro, pero yo creo que domina el complicado arte de saber caer, que siempre es el primer paso para volver a levantarse. Otra posibilidad, nos cuentan, es que padezca el síndrome del gato paracaidista, consistente en una tendencia más o menos frecuente a saltar creyéndose capaz de amortiguar los efectos de la caída, aunque eso supondría que mi perro en realidad se crea un felino, un desdoblamiento de personalidad animal que por el momento no estoy dispuesto a reconocer por miedo a que acaben recetándole Prozac y acabemos los dos enganchados.

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