El extranjero

Era humano

La vida va en serio por mucho que Puigdemont quisiera seguir la pirueta amagando con meterse por las alcantarillas

Antonio Soler
ANTONIO SOLER

Al final, Puigdemont nos ha revelado que es humano. Uno, por el encadenamiento de estrambotes que venía realizando, ya tenía asociado este personaje a Ruiz Mateos con su traje de Superman. Ruiz Mateos también era humano, y también había emprendido una cruzada contra el Estado porque el Estado le había quitado lo suyo. A Puigdemont también el Estado español le había quitado 'su' Cataluña. El empresario de Rumasa hizo famoso el sopapo, que te pego, leche, al ministro que, según él, lo esquilmó. Puigdemont, algo más sofisticado, ha intentado abofetear metafóricamente a Rajoy por tierra, mar y aire.

Puigdemont, que, según reconoció en su momento, vino a jugar un papel muy concreto y limitado en el tiempo, se aferró al hilo del poder porque era lo único que le quedaba para tejerse un porvenir. Dudó, mintió, jugó a los dados con la convocatoria de elecciones, envió fotos de su despacho cuando iba camino de Marsella, se cambió de coche en un túnel, quiso ser president telemático, fue a Dinamarca y olió a podrido, volvió a Bruselas y al tercer día se sepultó más aún. Lo han sepultado los suyos, dice. Vendido, precisamente por los que hace nada lo compararon con Judas. Su cabeza telemática en bandeja de plata y Soraya bailando la danza de los siete velos. Esto se ha terminado, ha dicho el ex president en un momento de soledad, de humanidad, dice él.

De mesías ha pasado a estorbo. De estorbo puede pasar a presidiario. Él y los suyos, contraviniendo a Gil de Biedma, pensaron que la vida no iba en serio. Y no es que, como en el poema de Biedma, se quisieran llevar la vida por delante, no, ellos sólo se quisieron llevar por delante la legalidad vigente. De pronto se hicieron mayores y se enteraron de que existen la cárcel, los jueces e incluso de que existe la Unión Europea y de que en su seno las bromas tienen poca aceptación. La vida, sí, va en serio por mucho que Puigdemont quisiera seguir la pirueta amagando con meterse por las alcantarillas o en los maleteros de los automóviles. Una pirueta medio cómica que lo emparenta probablemente con aquello que más puede odiar: la vertiente estrafalaria y castiza de lo carpetovetónico. Ese espíritu que llevó a Tejero a emular a don Friolera, el esperpento creado por Valle-Inclán, y a él mismo a ser carne de chirigota y trasunto nacionalista del más esperpéntico Ruiz Mateos. El suelo se acabó bajo los pies de Puigdemont hace demasiado tiempo. Un político mediocre al que le vieron cualidades de títere y al que su desesperación le hizo cortar los hilos que en su momento pretendió mover el impulsor del teatrillo, Artur Mas, y tomar vuelo propio. Un vuelo propio que nunca ha sido de águila. Sino más bien de mosca. El de esas moscas pertinaces que se quedan pegadas al cristal sin comprender qué se interpone entre ellas y el amplio cielo que tienen ante sí y del que se sienten dueñas.

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