Humanas falsedades

Relaciones humanas

JOSÉ MARÍA ROMERA

Si es cierto lo que asegura la consultora Gartner en su informe 'Tendencias 2018' sobre predicciones tecnológicas para el futuro inmediato, las noticias falsas que recibiremos de los medios en 2022 superarán en cantidad a las verdaderas. La alarma no es nueva. Pese a los avances conseguidos en sistemas de detección y neutralización de bulos, el 'fake' ha penetrado en nuestras comunicaciones con la máxima naturalidad, y todo hace suponer que en los próximos años su presencia seguirá contaminando no solo los canales que le son más propicios (las redes sociales y los 'chats', especialmente) sino también los de información pública.

Pero se equivocan quienes consideran que estamos ante un hecho nuevo. Rumores, chismes y murmuraciones ha habido siempre. El interés por propagar mentiras a fin de desacreditar a otros o por hacer circular noticias falsas que favorezcan a quienes las emiten nunca ha dejado de estar presente en las sociedades, y nada podrá evitar que aparezca allá donde alguien quiera dañar reputaciones ajenas. La diferencia reside en que la tecnología favorece especialmente unas prácticas que encuentran sus mejores aliados en el anonimato y la velocidad. Hoy en día no solo es extremadamente sencillo fabricar bulos con apariencia de verdad y presentarlos como recién salidos del horno más fiable; es que además su difusión siempre va por delante de cualquier instrumento de control por sofisticado que este sea.

Se dirá que al final triunfa la verdad, al menos si tenemos en cuenta la profusión de desmentidos que a todas horas hallamos en nuestros buzones electrónicos, muchos ellos debidos al tesón de individuos y organizaciones dedicadas plenamente a esta labor. Lo hemos visto en aclaraciones sobre poemas erróneamente atribuidos a tal o cual escritor y en vídeos manipulados para desprestigiar a un gobierno, en escenas de violencia expuestas en fotografías trucadas y en datos económicos manipulados. Tal vez el optimista pueda sacar la conclusión de que las mismas herramientas que fabrican el daño sirven para repararlo. Si tarde o temprano todo se acaba sabiendo y lo verdadero triunfa sobre lo falso, quizá no sea tan alto el precio que nos toca pagar por estar más informados en un medioambiente de libertad de expresión.

LA CITAPlauto «Los que propagan la calumnia y los que la escuchan, todos ellos deberían ser colgados: los propagadores, por la lengua, y los oyentes, por las orejas»

El problema es que no está asegurado que los desmentidos maten al 'fake'. La debilidad de las noticias falsas reside en su propia inconsistencia, en la fragilidad del material con que están hechas. Pero ahí se encuentra también parte de su fortaleza, por paradójico que parezca. Está demostrado que nos mostramos más receptivos ante las informaciones que refuerzan nuestros prejuicios, fortalecen nuestras opiniones o van a favor de nuestras conveniencias que ante aquellas otras que nos obligan a rectificar o a ceder posiciones. Aceptar algo que es mentira cuesta menos que reconocer una verdad incómoda. Y más a partir de esa transformación digital del espacio público en la que el sensacionalismo manda sobre la razón. ¿Acaso no se nos propone a los ciudadanos que actuemos como audiencia y no como ciudadanía? Desde que la conversación democrática se ha banalizado para volverse un género del entretenimiento, la calidad de los mensajes tiende a ser medida en virtud de su impacto, de su poder agitador, de la carga de diversión que proporcionan, y no tanto en términos de rigor o de utilidad. ¿Cómo no dejarse atrapar por ese mentira divertida o por esa maledicencia morbosa que, además de corroborar nuestras posturas, nos causa placer?

Así las cosas, lo de menos es que la falsedad de turno provenga de un grupo de poder interesado en dañar al adversario o de un sistema de inteligencia artificial programado para crear preferencias de consumo, de un bribón sin escrúpulos o de un simple desocupado ansioso de ganar 'followers' por la vía rápida. Puesto el bulo en circulación, su autor tiene la seguridad de que contará con el más eficaz de los cómplices: la debilidad humana. Al bajo coste del delito de difamar en nuestro tiempo se une el magnetismo cognitivo del «piensa mal y acertarás», lo que, unido a la pasión morbosa de lo diferente y a la sensación de poder que otorga mostrarse ante los demás como bien informado y con acceso a fuentes privilegiadas, hace de la propagación de rumores una actividad altamente satisfactoria. Convendría, pues, plantearse si en la inevitable guerra contra los 'fakes' que tarde o temprano estaremos obligados a emprender no será más eficaz intervenir sobre las mentalidades que apuntar contra el origen de las falsedades. Un chisme, decía George Bernard Shaw, es como una avispa: si no puede matarla al primer golpe, mejor no te metas con ella. El desafío que nos espera ya no es tanto el de impedir que se produzcan mentiras como el de invitar a la gente a que no se crea lo primero que le cuentan. Es lo que en el desiderátum educativo se llama formación del sentido crítico, y que cada vez parece algo más alejado de la práctica común.

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