La hora de Alberto

Antonio Ortín
ANTONIO ORTÍNMálaga

Dice Alberto Contador que se retira ahora porque quiere irse arriba y dejar acuñado en el imaginario colectivo el recuerdo de sus mejores estampas como ciclista. Hay algún equipo, entre ellos su última casa, el Trek-Segafredo, que tentó al de Pinto con mucha pasta para que prolongara su carrera al menos una temporada más. Es cierto que aún le quedaba ciclismo en las piernas. Pero él, una de las cabezas mejor amuebladas en la historia del pelotón español, ha tenido destreza hasta para elegir su hora y en este tramo final ha agrandado el tamaño del mito. Ha preferido la gloria a la ambición, el ejemplo a la avaricia. El prestigio antes que el dinero. Porque, más allá de su deporte, lo que hace estelar a Contador es que forma parte de esa escasa galería de referentes que tenemos en este país, muy dado a ensalzar más el éxito sin méritos estilo Gran Hermano que a premiar el esfuerzo, la constancia y la disciplina.

Cuando, en estos días de sucesivas entrevistas de balance, se le piden sus momentos interiormente inolvidables de estos quince años en la élite, coincide siempre en señalar los mismos: su primera carrera como profesional; su vuelta a la competición en el Tour Down Under después de superar un cavernoma cerebral que a punto estuvo de costarle la vida y por el que le abrieron la cabeza de extremo a extremo; el calor de la afición en el paseo triunfal por la Castellana en su despedida. Y, claro, la subida al Angliru de este pasado mes de septiembre.

Cuando muchos lo habían dado por amortizado, apretó los dientes y, consciente de que era su batalla final, se agarró a las manetas dispuesto a dinamitar el confort del podio. Quienes daban por sellada la clasificación general tuvieron que contener la respiración y pensar que el madrileño podía hacer saltar todo por los aires camino de la cima asturiana. Jamás podremos olvidar ese gesto roto en rampas imposibles; el ritmo endiablado a fuerza de un desarrollo inverosímil de mover. Y, sobre todo, la gesta, entre pancartas de 'Alberto, no te vayas', el pasillo angosto de la afición en el asfalto ajado de la Cueña les Cabres y él, con la fatiga incrustada en los cuádriceps y el corazón llevado en volandas, directo a una cumbre donde aquel chaval al que de cadete apodaban 'Pantani' terminó de forjar la leyenda.

Llama por eso la atención que alguien que arrastra un palmarés como el suyo, con dos 'tours', dos 'giros' y tres 'vueltas', tenga grabado a fuego cuatro fragmentos de su carrera en los que no hay más trofeo que la recompensa del sacrificio. Él, que cayó y volvió a levantarse una y otra vez. Él, que dictó sus mayores lecciones en un deporte, el ciclismo, que, como dice mi admirado Jesús Nieto, no es un deporte sino un reto constante a los límites de la resistencia, al precipicio del lactato. ¿Y qué es la vida acaso sino un desafío?

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