EN HONOR A LA VERDAD

VÍCTOR DEL ÁRBOL. ESCRITOR Y EXMOSSO D'ESQUADRA

Tal vez esté usted desayunando sabiendo que el 21-D ha dejado las cosas poco más o menos como estaban y que en las horas que vendrán va a repetirse la liturgia postelectoral habitual: ningún partido se declarará perdedor, nadie asumirá su parte de responsabilidad en lo ocurrido estos meses y estamos abocados a las mismas y agotadoras semanas precedentes. A nadie se le escapa que las elecciones catalanas han sido más que unas autonómicas. Abren la antesala de lo que se avecina en las próximas generales y son, de paso, el último tren para muchos aventureros de lo público que se han quedado sin red. Los candidatos que han concurrido este 21-D a las elecciones al Parlament de Catalunya se han esforzado durante la campaña en marcar perfil propio, diferenciarse por carácter y convicciones. Sin embargo comparten la idea de que ellos, y solo ellos, están en posesión de la verdad. En política y más ante unas elecciones de este calado, la verdad se convierte en un simple enunciado cuyo significado ni se comprende ni se acepta, a menos que esté en concordancia con las tesis propias.

Pero hay algunas verdades irrefutables. La primera es que la legitimidad democrática no está en manos de asociaciones al margen del arco parlamentario, ni recae en el egocentrismo de políticos que se sienten mártires o se pretenden profetas. Tampoco en los tecnócratas llegados con billete de ida y vuelta. Está en las urnas. Y han sido estas unas elecciones con índices históricos de participación, un crecimiento de casi seis puntos respecto a las del año 2015. Nada más y nada menos que el 84% del electorado. Sí, había ganas de votar y de hacerlo con todas las garantías.

Cs ya es una realidad más que sólida, el mensaje duro de la sra Arrimadas ha calado entre los que se sentían huérfanos frente a los independentistas. El PP no ha sacado rédito del artículo 155, y la CUP tras vender su alma al diablo la ha perdido. Los bailes del señor Iceta no han cuajado. Los morados estarán a verlas venir ante el pasmo de la señora Colau, y el señor Puigdemont debe estar pasándolo muy bien en Bruselas; a sus votantes no parece pesarles el pasado de CIU, tampoco el donde dije digo, digo diego, ni las cobardías personales.

Da mucho que pensar. El proceso que nos ha traído hasta aquí ha sido abrumadoramente agotador, crispado, y por momentos realmente deprimente. Y aunque quiera escapar de los adjetivos fáciles, es inevitable admitir que estas elecciones han sido, por su contexto, como mínimo, atípicas. Hemos sufrido altas dosis de demagogia, una preocupante simplificación de la realidad, soportado un exceso de histrionismo, eslóganes vacíos de contenido y una llamada permanente a la fibra sensible de los electores utilizando estrategias que han rozado el infantilismo y la vergüenza ajena. Todo ello en un intento de convertir estas elecciones en una llamada a los unos contra los otros: plebiscitarias o apocalipsis. El resultado deja muchas interrogantes.

Yo prefiero ver el vaso medio lleno. El valor de la democracia no radica en líderes o siglas, en estrategias electorales, en vídeos torticeros, en lazos o en amenazas. La democracia tiene su máxima expresión en un gesto sencillo, modesto y humilde, pero demoledor: depositar un voto en una urna, y hacerlo sin coacciones, sin miedo, y con todas las garantías legales.

Tal vez algo sí ha cambiado tras el 21-D. Quizá no sean las siglas sino los ciudadanos los que han vencido. Y puestos a soñar, acaso hayamos aprendido la lección y sepamos entendernos sin verdades preconcebidas. No me llamen iluso porque nos va el futuro en ello. No solo el de los catalanes.

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