Más acá de Hollywood

El rayo verde

Lalia González
LALIA GONZÁLEZ

En la conmoción por los abusos sexuales destapados en Hollywood hay como un 'remake' de la célebre escena de Casablanca: ¡Qué escándalo, he descubierto que aquí se juega!, que decía el gendarme en el Café de Rick que frecuentaba a diario, y antes de recibir sus ganancias. Ahora las denuncias se extienden a otros productores y directores americanos, a otros cines, por ejemplo el español, y a otros ámbitos, como las asistentes del Parlamento europeo. Los abusos han sucedido muchas veces como secretos a voces, entre la incomprensión o la mirada hacia otro lado colectiva, cuando no la culpabilización de las víctimas. Pero el silencio ha terminado.

El caso original tiene el morbo añadido de la fama, por señalar a las llamadas 'celebrities', que por alguna razón profunda nos producen una especial curiosidad, pero también por eso ha tenido una eficacia añadida, un altavoz privilegiado, para plantear con toda crudeza una situación con la que conviven las mujeres de todas las clases y lugares, desde que el mundo es mundo.

Es preciso mirar bien. No es una película. Se trata de niñas,jóvenes muy jóvenes, en este caso guapas y relucientes, sin trabajo, con una carrera por construir, con un sueño, en posición de clara inferioridad, que son vejadas por sus superiores, violentadas, violadas, dentro además de una especie de canon de normalidad. Todas lo hacen, les dicen.

Muchos hombres con cualquier átomo de poder, desde una tienda de barrio hasta una gran empresa, se sienten legitimados para ejercer su atávico derecho de pernada. El que la humillación se produzca por un papel en una película o por un sueldo cualquiera no lo hace diferente. A la vez se ha desatado una campaña en redes, con el hastag #MeToo, yo también, en el que muchas otras caras conocidas reconocen haber sido víctimas o se solidarizan con las que lo han sido.

Pero hacer públicos los abusos no es un gesto de postureo. Requiere valentía y decisión. Las mujeres sometidas a abusos difícilmente se desprenden de la sensación de vergüenza y arrastran toda su vida la vejación unida hasta a una sensación de oprobio, como si encima lo sucedido hubiera sido por su culpa. Así se las gasta el machismo. Los abusos sexuales, lo decía el otro día el psicólogo Sergio Arias en el congreso sobre violencia de género, desempeñan un papel clave en los feminicidios y en el proceso por el que los maltratadores degradan y someten a las mujeres. El que se haya destapado la alcantarilla -también hay que valorar la denuncia de Teresa Rodríguez al empresario que la acosó-mueve al horror, pero a también a la esperanza. Solo ventilando la mierda será posible respirar aire fresco. Una razón más para educar a las niñas, hacerlas fuertes frente al acoso, pero a la vez advertir a los niños de que en eso no consiste ser hombres.

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