Hogueras en la red

JOSÉ MARÍA ROMERA

El linchamiento de opinión en nuestras sociedades está adquiriendo unas dimensiones insólitas, tanto en lo que al número de ceremonias se refiere como a la furia con que sus practicantes arremeten contra la víctima de turno. Cuando no viene originado por unas palabras inconvenientes dichas sin pensar, surge a raíz de un malentendido en el debate o de una conducta claramente reprobable. Poco importa el motivo. De hecho, las condenas colectivas más sonadas afectan a hechos nimios, no verificados e incluso no producidos. Lo que importa no es la causa, sino el volumen de una respuesta que la tribu utiliza, más que para perseguir el mal o castigar al hereje, para fundirse en una danza ritual colectiva que refuerza su cohesión interna. Y, de paso, para echar combustible a la autoestima del exhibicionista moral, ese espécimen en auge que desde su púlpito nos señala el rumbo al tiempo que reparte amonestaciones y escarmientos. Lo explicaba bien Jon Ronson en 'Humillación en las redes' (Ediciones B, 2015): en nuestro tiempo la impunidad para acusar con ligereza, la sobreexposición mediática y la velocidad de propagación de los mensajes para que lleguen a públicos masivos hacen que nadie esté libre de acabar en la hoguera. Lo aterrador de los casos que recoge Ronson a decenas no procede tanto de los efectos devastadores de la humillación sobre la víctima como de la facilidad con que prende el griterío acusador, en la mayoría de las ocasiones alejado de la más básica cautela en la aportación de pruebas o en la moderación de los juicios. Se diría que, una vez decretada la busca y captura de la presa, desaparecen como por ensalmo todas las exigencias básicas de la investigación y el juicio.

Todo es sumario y violento, acalorado y feroz. Son cazas de brujas en las que se reproducen los mecanismos de la ordalía medieval, aquel procedimiento probatorio de orden mágico donde al acusado, culpable mientras no demostrara su inocencia, se le forzaba a poner la mano sobre un hierro candente, sumergirse en el agua con las manos atadas o ingerir un veneno letal. Si no había cometido el delito del que se le acusaba, la ayuda divina le permitiría conservar la piel sin chamuscar, salir a flote y sobrevivir al tóxico. De no ocurrir tal cosa -así era, evidentemente, el desenlace habitual- el delito quedaba probado y el sacrificio justificado. La manifiesta irracionalidad del trámite habría sido motivo suficiente para que desapareciera con el paso de los tiempos. Pero sorprende la exactitud con que su mecánica ha superado los filtros de la historia y se reproduce hoy día en tantos y tantos casos en los que un nutrido grupo de exaltados de las redes se lanza al degüello contra alguien que les ha contrariado, al que han pillado en una incorrección o sobre el que ha recaído, sin más, la orden de acoso decretada por uno de los nuestros.

Basta leer el muy recomendable ensayo de Eugenio Fuentes 'La hoguera de los inocentes. Linchamientos, cazas de brujas y ordalías' (Tusquets, 2018) para apreciar las similitudes entre los casos históricos que relata y algunos otros recientes o en curso. Nunca hemos dejado de sacrificar; lo que ha cambiado es el formato de los sacrificios. Cita Fuentes en su libro unas palabras de Nikolaus Tarabas, el personaje novelesco de Joseph Roth: «Al principio denunciaba a gente de quien sabía algo; pero luego a otra gente de la que solo tenía sospechas, y al final a todos los que no me gustaban». He aquí una de las claves de las nuevas humillaciones mediáticas, sostenidas en la animosidad hacia una presa que no tiene por qué ser culpable, ni siquiera sospechosa, y contra la que hay que disparar antes que preguntar. Como aprecia Fuentes, en las nuevas ordalías la víctima «es condenada por ser quien es, no por sus actos», aunque los actos sean utilizados a modo de pantalla. Sin duda estamos ante un cambio de época en lo que concierne al desprestigio y al escarnio, que además de multiplicar sus proporciones han hallado nuevos y eficaces canales de actuación y, lo peor de todo, se han asentado cómodamente en las zonas bulliciosas del ágora como un medio consentido para la neutralización del adversario. Aunque le arruine la vida. Aunque sea manifiesta la desproporción entre la falta y el daño causado a su autor.

LA CITAJesús Ferrero «Los que linchan comulgan con la carne de la víctima: literalmente la machacan y la devoran»

Liturgia o deporte, el linchamiento mediático y virtual ni siquiera establece diferencias entre las celebridades -que no por serlo están privadas de derechos, ni que por disponer de recursos para enfrentarse a la acometida están obligados a soportarla- y las personas comunes y corrientes a las que el azar o los caprichos del odio ponen en el punto de mira. También aquí, como en la ordalía medieval, el ordalizado queda indefenso viendo cómo cae sobre él la furia del castigo mientras él mira al cielo esperando la intervención de un «deus silens» que nunca se dignará bajar en su auxilio.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos