Sin ir más lejos

Historias de charnegos

José Vicente Astorga
JOSÉ VICENTE ASTORGA

Un andaluz que trabajaba quitando nieve en las carreteras alemanas fue a una tienda a comprar cuando se le acabó la comida que acarreó de España -años 70-, y señaló con el dedo una vistosa lata con trozos de carne en la etiqueta. «Aquello sí que estaba salado», recordaba con cara de asco el 'chapú' de descubrir al día siguiente que existía la comida para perros. No le molestó eso tanto como saber que los alemanes cuidaban a los chuchos mejor que a él su tierra andaluza. No hacía falta ser del mismo campo de Níjar ni siquiera de Almería para emigrar. El día a día iba espartano de tantos jornaleros toda Andalucía los lanzaba a un mundo extraño, en el que lo único reconocible eran a otros españoles. El emigrante del siglo XX, como el de todos, tenía que ahorrar, y el rancho de piso compartido, barracón y papas cocidas, también era el de los que habían conseguido meter cabeza y no levantarla durante ocho horas en la cadena de una fábrica de Citroen. París era esa joya que había encima del metro pero lejos de su bolsillo. Los había que no cruzaban a Europa porque no eran tan osados o simplemente porque ya tenían un primo en Getafe, en el País Vasco o Cataluña. La España rica era el efecto llamada por lo menos a las colas en la Telefónica del pueblo. Para un andaluz o un extremeño las ciudades y pueblos del norte eran el mismo sueño español que hoy para un chino de Zhejian, esa provincia de la periferia donde la pobreza y el boca a oreja llenan el silencioso puente aéreo hacia nuestros barrios. Siempre hubo y habrá andaluces que trabajan como chinos. No te olvidas de quien se ganaba bien la vida metido en una campana de buceo en las obras del puerto de Bilbao, algo que de joven te impresionaba tanto como el relato de ese peón textil andaluz que, hilo a hilo, montó su propia fábrica de elásticos de bragas en Tarrasa. A muchos charnegos contagiados de ganas de emprender en Cataluña les rasuraron también el futuro, como ahora, cuando hace doce años la Braun se fue de Esplugues dejando a 3.000 personas en la calle. La historia de la inmigración a Cataluña es parte de esa memoria andaluza apócrifa que se respira en el cinturón de Barcelona, ese segundo rompeolas de las españas pobres. En Sant Joan Despí estuve hace algunos años, cuando aún el fuet soberanista no había cogido grosor de morcón rancio. Aquella tierra de libertad es hoy tierra de inmigración congelada y con marcha atrás. La novena provincia andaluza y la vigésima de Marruecos ha quedado para enésima tierra del disparate de una revolución de ricos. José Montilla, que llegó de Iznájar a Cornellá, empezó a meter colesterol del malo con aquel tripartito en el que Carod Rovira, hijo de guardia civil aragonés negociaba con ETA para que dejara de matar, pero sólo en Cataluña. Ahora empieza a morirse ella sola. El horror no es sólo cosa de ayer. El otoño de la posverdad ha pasado de pronto al invierno.

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