HISTORIA EN CIEN CIUDADES

NIELSON SÁNCHEZ-STEWART

¿Qué diría Dickens que llegó a dos? Es que se ha publicado una curiosa encuesta sobre las cíen ciudades más turísticas del mundo. Me he dejado los ojos buscando a Marbella que, me imaginaba, erróneamente, estaría en los primeros lugares. Mientras más visitantes, más arriba se estaba en la lista. Un cúmulo de errores. Pensaba, y obviamente estaba equivocado, que tenía unos conocimientos aceptables de geografía. Pues no. Soy un ceporro. Había nombres en la relación que no sólo no sabía localizar en un mapa sino que no había oído en mi vida. Y, sin embargo, habían sido visitados por millones de entusiastas. Me he consolado pensando que la estadística se había elaborado en el Extremo Oriente y así se explicaba la profusión de localidades allí situadas que encabezaban el ranking. Pero, si bien Hong Kong era el líder absoluto, figuraban otros sitios como Shenzhen, Antalya, Chennai entre los cuarenta principales. Por supuesto, Londres era, si no la primera ciudad más visitada, la segunda pero otras no dejaban de constituir una sorpresa. Macao, por ejemplo. Yo creía que desde que se habían marchado o medio marchado los portugueses, aquello había decaído y se mantenía solo por los casinos célebres de regular reputación que tantas veces hemos visto en el cine. Pues más de catorce millones de almas habían reportado por allí durante un año y la afluencia aumentaba en un 7 por ciento. Muchas más que en Nueva York, por ejemplo y muchísimas más que en Roma que, a pesar de los gatos, sigue siendo Roma. Siempre me ha extrañado como se pueden contar los que arriban a un sitio como turistas. Por diversas razones, viajo y cuando vuelvo a España, esta hermosa tierra, debo contar como un turista más. Bueno, salvo cuando ni me miran o no me registran el DNI o el pasaporte porque o pillo cansado al policía o me recuerda de otras aventuras. Bueno, entre las cien ciudades, lo digo de una vez, no aparece la nuestra y españolas solamente Barcelona en el puesto veintiséis y Madrid en el 41. Ni Granada, ni Sevilla, a pesar que son millones los que por allí sé quieren perder. La pertinaz sequía y la conspiración judeo-masónica que no nos perdona.

Esto de ser una ciudad turística es un, perdonen ustedes la expresión, un auténtico coñazo (malsonante, cosa o persona latosa, insoportable). Desde luego no para los bares y restaurantes que morirían de tedio o inanición si no fuera por las avalanchas hambrientas y sedientas que aparecen. Tampoco para los guías, vendedores de recuerdos, de helados, de bolsos, relojes y porquerías varias que hacen, nunca mejor dicho, su agosto. Pero sí para los pobres que viven en el lugar que antes de ser descubierto por el mundo mundial no estaba preparado para la invasión. De ser un lugar recoleto y adaptado para sus dimensiones y número de habitantes queda totalmente desbordado: las calles son insuficientes, los aparcamientos pasan a constituirse en objeto de encarnizada disputa, los cajeros inalcanzables y hasta los bancos de la iglesia, sitios a los que debe madrugarse para poder tomar asiento con la parienta y los niños.

Para mayor inri, un fulano ha saltado a la fama mediática debido a la ingeniosa invención de subarrendar a incautos turistas un pisito que alquilaba a una más incauta propietaria. Dicen que la pobre cobraba cuatrocientos euros de renta pero el industrioso intermediario se embolsaba veinte veces más y con no demasiado esfuerzo. Una de las pocas cosas que he aplaudido a la alcaldesa de la ciudad condal de nombre sonoro y evocador de la parte posterior fue el haber puesto coto a la construcción de hoteles porque se estaba a punto de morir de éxito. Una vez más se demuestra, sin embargo, que no es fácil disponer del mercado a golpes de decreto y que lo que se prohibe por un lado se implementa por otro. Ante la relativa escasez de hoteles, el respetable opta por ofrecer y demandar apartamentos donde es una lata pasar las vacaciones porque hay que cocinar, limpiar y hacer las camas, además de lavar, planchar, fregar y limpiar. Pero es más económico y caben todos los niños, incluso algún sobrinillo. Y de éstos, los apartamentos, no los sobrinillos, los hay legales, ilegales y medio pensionistas. Como ya viene siendo normal y natural, la administración, en lugar de asumir sus competencias y sancionar a los infractores de las normas vulneradas, pretende que sean los administrados los que velen por su cumplimiento y denuncien a los que pretenden lucrarse con estas prácticas. Así que recomiendan introducir en los estatutos de la comunidad disposiciones que prohiban el subarriendo.

Más de quinientos millones de seres humanos visitaron las ciudades relacionadas. Y hay que sumarles los que visitaron su pueblo o se decantaron por otras que no aparecen, Venecia, Florencia, las andaluzas antes mencionadas y Marbella, por supuesto. Aunque como en casa, en ninguna parte.

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