Hiperrealista

La rotonda

En Malaga siempre hay presupuesto para hacer chorradas, pero no para conservar el principal monumento de la ciudad

Ignacio Lillo
IGNACIO LILLOMálaga

Ahora nos enteramos de que quieren poner una estatua hiperrealista en la nueva Alameda Principal cuando la reformen y la hagan un poquito peatonal. Un poquito, la puntita nada más, que los autobuses de la EMT hay que seguir aparcándolos entre los ficus, en aras de la movilidad urbana sostenible y sus cuentas. Pero vamos al tema. El Ayuntamiento, o al menos alguien de dentro, ha propuesto una estatua hiperrealista en la nueva Alameda, y ponen como ejemplo una palita de jardinero de tamaño gigante, que estará plantada en alguna ciudad civilizada de Europa, para recordar que la Naturaleza es un valor fundamental que hay que respetar. La pretenden poner como hito que marque la entrada a la taifa libre del mal llamado Soho, con capital en el CAC. En Málaga, el único barrio que puede pasar por Soho es el de Lagunillas, donde el arte urbano vecinal te salta a la cara a cada paso por sus callejuelas, sin un céntimo de financiación pública; entre ruinas, desde abajo, como medio de lucha social y contra la exclusión. Olé.

Me vuelvo a ir por las ramas. Monumento a la realidad. Si es algo que entronque con las verdaderas raíces de la idiosincrasia de la ciudad, lo poético sería pedir que hicieran una biznaga gigante, a ser posible con un mecanismo para que todas las tardes, a las siete en punto, desprenda aroma de jazmines; y los turistas y los locales se darán cita alrededor, como en la torre del reloj de Praga, para asistir al espectáculo de los sentidos. Si lo que se quiere es ser un poco más hiperrealista, igual habría que apostar por un escobón de barrendero de Limasa, que es el símbolo del mayor problema contemporáneo de esta ciudad, sin discusiones, y el que más conflictividad social y política ha provocado y seguirá provocando hasta el final de los días.

Si me apuran, en realidad lo suyo sería colocar en ese punto estratégico un zurullo enorme de perro (lo del invento de los aspersores para dar el aroma vespertino lo vamos a dejar); por aquello de que la realidad de los barrios esté presente en el esplendor del Centro. Sería algo así como lo de los churretes picassianos en las barriadas, de los que les hablé en mi anterior artículo, pero a la inversa. El nombre de la obra, desde luego, ya lo tenemos: Caca, así, a secas (o a húmedas, eso lo dejo a gusto del consumidor).

Y digo yo que entre lo que se le paga al autor hiperrealista y el hiperrealista bocado (¿del mojón?) que se lleva su representante, que siempre lo hay, la tontería del monumento al gigantismo nos va a costar una pasta hiperrealista a todos los malagueños. Mientras seguimos con nuestras ocurrencias, lo que es una realidad -triste, bochornosa y sin etiquetas artísticas rimbombantes-, es que nuestra Catedral de Málaga tiene su cubierta llena de grietas como puños, que forman cascadas de goteras en el interior del templo cada vez que llueve. Aquí siempre hay presupuesto para hacer chorradas, pero no para conservar el principal monumento de la ciudad. Y eso sí que es una hipercagada de las buenas.

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