Todos los hijos de Zapatero

JOSÉ ANDRÉS TORRES MORA

Me recuerdo corriendo por la Ciudad Universitaria de Madrid, cerca de donde hoy está el Rectorado de la Complutense. Corría de prisa, muy de prisa, los diecinueve años y el miedo me daban alas. Volví la cara y vi claramente cómo el policía, exhausto, se paraba y me apuntaba con su pistola, corrí más de prisa, volé, hasta caer por un terraplén, que me sirvió para esconderme y alejarme. Era el mes de diciembre de 1979. Nos manifestábamos contra el proyecto de ley de Autonomía Universitaria (LAU) del Gobierno de UCD. Estudiaba tercero de Sociología, y José María Maravall era dirigente del PSOE y mi profesor de Cambio Social, al terminar la clase me acerqué a él y le conté lo que estaba ocurriendo con la policía. Maravall me dio el teléfono de Javier Solana, y le expliqué lo mismo, Solana me dijo que ya habían hablado con Rosón, que entonces era el gobernador civil de Madrid, sobre las actuaciones policiales y que Rosón les había dicho que no eran capaces de controlar a toda la policía. Me obsesionaba la idea de morir luchando contra un proyecto de ley que ni siquiera había leído, y traté de hacerme con una copia. Gracias a la manía adolescente de llevar un diario recuperé, treinta años después, en la casa de mis padres, en Yunquera, aquellas conversaciones. Al día siguiente nos manifestamos de nuevo. Cuando volví con Enrique Martínez a nuestro Colegio Mayor, nos enteramos de que la policía había matado a José Luis Martínez y a Emilio Montañés, de veinte y veintitrés años respectivamente. José Luis estudiaba en mi facultad. Fui al funeral con Joaquín Arango, que había sido mi profesor de Historia en primero, dimos el pésame a los padres de los chicos. Allí comprendí lo fácil que es llevar a los adolescentes al matadero, y el precio brutal que pagan sus padres.

El otro día leí que un guardia nacional venezolano había matado a un chico de veintidós años, David José Vallenilla, que era hijo del jefe, del supervisor, del presidente Maduro, cuando éste trabajaba de conductor de autobús en el Metro de Caracas. Luego vi en la tele al padre del chico decirle al presidente de Venezuela que ese joven era el mismo niño que él había conocido años atrás. He visto fotos del chico mientras se le escapaba la vida.

Si todos los esfuerzos que está haciendo el presidente Rodríguez Zapatero en Venezuela sirven para salvar la vida de un solo chico, de uno solo, habrán valido la pena. Duele cuando le preguntan: «¿Cree, señor Zapatero, que todavía es posible el diálogo en Venezuela?». Como si fuera un pobre ingenuo, o algo peor. ¿Les parecería más listo si les respondiera que no, que nada hay que hacer, salvo alentar el conflicto y esperar los cadáveres adolescentes de los hijos de los otros? ¿Aceptarían quienes lo critican que fueran los de sus propios hijos? Al menos, a diferencia de esas personas, él sabe que todos los hijos valen para sus padres igual que los nuestros para nosotros: todos los esfuerzos, la esperanza más desesperada. Y, sí, no hace falta tan listo como sus críticos, basta con ser tan decente como él.

Fotos

Vídeos