El extranjero

Heroínas

Antonio Soler
ANTONIO SOLER

Las sufragistas se echaban al pie de los caballos para traer la justicia al mundo. Luchaban no contra siglos, sino contra milenios, contra millones de años de desigualdad. Porque el abuso masculino no es algo que inventaran los patricios romanos ni los faraones egipcios. La cosa viene de los ancestros, de la división de funciones, de la pura biología que sacaba de las cavernas al macho cazador, y fecundador despreocupado, y abandonaba en el fondo de la misma a la hembra maternal, dependiente y selectiva a la hora de elegir macho porque con ello elegía no solo su propia supervivencia, sino la de su indefensa prole.

Así que, contemplada en periodos históricos, la lucha por la igualdad, por la justicia, es algo tan reciente como necesario. Décadas, apenas unos cientos de años, frente a milenios y millones de años. Montañas de tiempo de las que nos debemos liberar. Ha habido muchas heroínas en ese proceso, y no precisamente del tipo que en nuestra infancia nos ofrecían. Ni Agustina de Aragón haciendo de artillero baturro ni las mártires de cartón piedra de la opereta nacional. Mujeres anónimas trabajando en las fábricas infernales de la revolución industrial, huelguistas solidarias en las calles de las industriosas Barcelona o Málaga, sufragistas, revolucionarias, escritoras escondidas bajo seudónimos masculinos, que empezaron a mover la pesada roca del machismo. Esa piedra que sigue aplastando derechos de un modo brutal en los países subdesarrollados y de forma más sutil en Occidente.

El lenguaje nunca ha sido inocente. Si tal vez se originara en la comunicación entre las hembras y sus hijos en la profundidad de las cuevas, se desarrolló en función de los criterios masculinos. Un error de partida. Y que debe ser corregido cuando evidencia muestras de desprecio, vejación o superioridad. Sin perder el norte, sin echar la brújula por la borda. Sin identificar 'portavoza' como un acto de liberación. Ni 'miembra', ni 'jóvena'. Eso nos servirá como maná para muchas columnas como esta, para chistes de sobremesa. Pero poco favor trae a la causa de la mujer ni a un asomo de igualdad, en los sueldos, en los organigramas de las grandes empresas. Para muchos, Irene Montero y su 'portavoza' pueden ser una mala caricatura de Podemos y la transformación social. Una fuerza política nacida como un grito de esperanza perdida en un laberinto de gestos vacuos y olvidada de aquello para lo que justamente nació. Una caricatura demasiado plana, sí, pero mejor no darle munición al enemigo. Los hombres tenemos voz, no 'vozo'. Las mujeres también tienen voz. Querer tener 'voza' no les va a ayudar mucho. Ni a ellas ni a la sociedad. Los periodistas, al menos los que uno conoce, no quieren ser 'periodistos', ni los psiquiatras 'psiquiatros'. Y así hasta el infinito. Hacer una labor de derribo con el lenguaje y ponerlo patas arriba por completo sería una labor tan titánica como absurda. Mejor que Montero, y Carmen Calvo, concentren sus fuerzas en algo más beneficioso para la mujer en general y no sólo para su bombo, o bomba, particular.

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