El alféizar

Heridas de muerte, vida e independencia

Rafael J. Pérez
RAFAEL J. PÉREZMálaga

Comienza un mes y semana con demasiados ingredientes políticos, ideológicos y festivos. También religiosos. El miércoles se celebra la solemnidad de todos los santos y el jueves la conmemoración de los fieles difuntos. Por si fuera poco, mañana martes, habrá quien se vaya de fiesta negra mientras continúa el éxodo catalán.

Entre muertos, vivos e independientes andará el juego, al menos, el de los próximos días. Por eso, mientras unos reivindican la muerte, otros la santidad y algunos la independencia, releer poesía es recomendable porque, como escribe Pablo Neruda, hay heridas que en vez de abrirnos la piel nos abren los ojos.

Las heridas que dejan la muerte, la vida o el afán independiente pasan factura. Y conviene recordarlo. Porque la muerte, si no se asume de forma serena y desde la esperanza, se convierte en realidad tabú de la que hay que reírse para exorcizarla. Porque la vida, si no se vive con paz, luz y amor, se convierte en tedio y genera dolor. Y porque la independencia, si pierde la referencia sólida de la fraternidad y unidad, se convierte en una ridícula, pero agresiva arma de enfrentamiento. Y en esto la nochecita del 31 tal y como se ha importado ayuda bien poco. ¿La razón? Sencilla: Halloween es una fiesta de mal gusto que reivindica lo que menos necesitamos en este momento: muerte, miedo y terror; violencia, oscuridad y egoísmo. Basta darse una vuelta por los personajes que pueblan esta importada noche para descubrirlo fácilmente en sus haberes. Entre ellos descubrimos hasta al mismísimo diablo. No hablamos de una cuestión inocente. Se ha instalado en la infancia a modo de juego el gusto por lo malo y ya es difícil la marcha atrás.

Menos mal que siempre nos quedará agarrarnos a la fiesta de la luz, la fiesta de los santos y en su defecto a la de difuntos. Porque aunque la certeza de morir nos entristece, la llamada a la luz es referencia segura para salir de esta, de la que está cayendo. Esta crisis es una crisis de santos, santos que reivindican, sin necesidad de referéndum alguno, que Dios existe y que por muchas ambiciones con que el ser humano se pinte a sí mismo, no pasa de ser un mero superviviente alentado por la gracia. Santos que recuerdan que la muerte es saludable porque pone a cada uno en su sitio.

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