El hedonista fatigado

Alfredo Taján
ALFREDO TAJÁN

El hedonista fatigado es un término extraído de 'La decadencia de la mentira', un ensayo que Óscar Wilde reunió, junto con 'Pluma, lápiz y veneno', y otros de alto valor literario, en su afamada compilación 'Intenciones'(1891); valga la culebrilla veraniega pero estos títulos dan para una exégesis sobre la belleza en estado puro, sobre la cultura como sentimiento -y no como fingimiento o pátina- sobre el oscuro tránsito de la verdad a la mezquindad, arcángel mefistofélico de facciones exactas. Wilde se empeñó en jugar con todo y al final acabó en la cárcel, traicionado por todos menos por él mismo. Se dirá, victoria pírrica, pero convendrán conmigo que victoria al fin y al cabo, porque ya nadie osó desprestigiarlo más allá del desprestigio que había conquistado a pulso. Precisamente ayer leí un artículo del profesor Antonio Elorza en el que recuerda, entre otras cuestiones, que la tormenta de silbidos que ahora se oyen contra la simbología hispana no ha surgido por generación espontánea. No, desde luego que no, no obstante, ha llegado algo tarde su impugnación, como llegó tarde -hasta 1960 era considerado un paria- la rehabilitación de Wilde en Gran Bretaña, quizá porque era irlandés, de excelso pedigrí, traductor impecable de textos greco-latinos, cuyas habitaciones eran las más acogedoras del Magdalen College de Oxford, con una biblioteca repleta de exóticas ediciones de clásicos como Marlowe, Shakespeare, Milton y... Cervantes. Cualquier dato es susceptible de relación, de profundización, de sorpresa, de riesgo. En el citado artículo, el profesor Elorza refiere una frase del ministro inglés Lord Salisbury sobre la España de 1898: «España es un país moribundo condenado a desaparecer», no me extraña, todo lo que oliera, o huela, a España, es mejor que apeste a hoguera, a Inquisición maléfica, a cadáver chamuscado, y lo peor: a genocidio. Francia, Inglaterra y Holanda se destacan en este género.

Nuestra Historia, por ejemplo, es su materia predilecta. No solo los episodios bochornosos, que haberlos los hubo como en cualquier relato histórico, sino toda nuestra Historia. La mentira historiográfica lleva manipulando las gestas, y hasta las derrotas, de la gran monarquía hispánica. Porque guste o no fue grande en sus expresiones geopolíticas y culturales, y además mucho más tolerante que otros reinos unidos y repúblicas liberticidas, en las que si rascamos, bajo la costra perfumada se proyectan más sombras que luces. Me parecen necesarias estas revisiones, como la del profesor Elorza, que ayudan a rebajar la estimación diferencial de la fórmula Estado versus Nación en un momento de gravísima ofensiva catalanista, una ofensiva en que la decadencia de la mentira es ya papel mojado, porque se han traspasado casi todos los límites y fronteras. Como escribe la perspicaz ensayista, pionera de este 'revival', Elvira Roca, en su lúcida crónica 'Imperiofobia y leyenda negra': «Muchos han achicado sus descalabros transformando disparates en logros para la humanidad... así las cosas, es muy posible que la historia del Imperio español la escriban los arqueólogos, tendrán mucho y bueno donde entretenerse».

No me cabe la menor duda.

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