Hablar de Melilla

Hablar de Melilla

Melilla existe de verdad aunque usted nunca hable de ella, aunque ya no la vea en muchos mapas nacionales que explican estadísticas de todo tipo

JOSÉ FRANCISCO JIMÉNEZ TRUJILLO PROFESOR DE HISTORIA

Puede que algún lector se sorprenda de que le inviten a poner su mirada sobre una ciudad a la que con dificultad sitúa en el mapa. Tal vez, incluso, le ocurra lo que a aquel comunicador madrileño que, en busca de la noticia, pensaba que Melilla compartía vecindad con la ciudad hermana de Ceuta. Algunos dirán entonces que la Geografía, ahora sustituida por el 'map' del buscador, resulta la gran damnificada de los nuevos tiempos que sacrifican el conocimiento al método. A otros nos da por pensar que el viejo ideal ilustrado que ha alimentado la democracia más cierta, aquel que dice que todos los hombres nacen y mueren iguales y tienen el título común de ciudadanos, no ha superado la utopía. Y que en la conciencia colectiva y en los titulares más gruesos las palabras gente, o pueblo, o nación, o comunidad tienen una mayor relevancia adquirida según criterios culturales o económicos. Y que Melilla está en África.

Melilla existe de verdad aunque usted nunca hable de ella, aunque ya no la vea en muchos mapas nacionales que explican estadísticas de todo tipo. Si hace un esfuerzo y busca en la Wikipedia verá que su censo es superior a las ochenta mil personas que, oiga, tienen su corazoncito. Fíjese que hasta tiene bandera propia, aunque no pueda rivalizar con otras como instrumento agitador de pasiones nacionales; es decir, no sirve para dar banderazos.

Melilla, sabe, tiene su historia que no es posible relatar en este espacio. La que llaman Melilla la Vieja cuenta por sus calles empinadas las mismas glorias y tragedias que tantas ciudades españolas. En cualquier recodo puede tropezar con el fantasma de un cristiano, un judío o un musulmán que nadie recuerda, pero que se resiste a abandonar el tiempo y el espacio. A veces se agita ante tanto olvido. No entiende, por ejemplo, por qué una actual serie de televisión que transcurre en su ciudad y a la que puede prestar el decorado real -nunca mejor dicho, a propósito del Hospital del Rey- se haya rodado en espacios ajenos o prefabricados. Los antiguos a esto le habrían llamado hacer patria. Los posmodernos, aprovechar las sinergias. Los más normales, saber vender una ciudad que puede hacer méritos.

Melilla también tiene su arte. Saliendo de Barcelona, tendrá que viajar mucho por la Españas para descubrir el patrimonio de una arquitectura modernista que obliga a pasear por la ciudad con la mirada alta para no perder detalle de una forma de construir en que el muro y el vano parecen esculpidos. Le dará pie a reflexionar, además, sobre cómo el genio catalán lo es especialmente cuando derrama su influencia más allá de unos límites que siempre fueron porosos. Y sí, otra vez resulta imposible abandonar del todo el monotema. Ni en Melilla.

Pero la ciudad más al sur de España también tiene sus problemas. Puede que sean inaudibles en la parte europea de España a falta de buenos altavoces y de que el precio del transporte disuada a más de uno a conocer tierras ignotas. No deja de ser llamativo que un vuelo Madrid-Melilla tenga que competir en precio con alguna oferta interesante para ir a Moscú. Una vez más el precio es el olvido y no la distancia.

En realidad, las miradas al sur tienen algo de incomodidad cuando de problemas se habla. Ya hemos conseguido disfrutar del almuerzo con las imágenes de los subsaharianos envueltos en unas mantas naranjas que son la señal de que han podido driblar el cementerio marino. Pero sólo sabemos de la valla cuando algunos han podido saltarla. Allí está todos los días entre la desesperación de muchos y una policía desbordada que tiene que hacer su trabajo y a la par aliviar nuestras conciencias. Quinientos pasaportes a la hora parece que llegan a supervisar. Lo que nos da una mirada fugaz en unas puertas que alguno puede franquear con intenciones de apresurar su entrada en otra clase de paraíso. Y no se espera un Piolín en Melilla.

La multiculturalidad es una palabra atractiva y Melilla es un lugar particularmente sugerente para el encuentro. Los ritos, sin embargo, exigen de condiciones derivadas de un mandato religioso. Y acaban a veces en conflicto. Lo ocurrido este año en la Fiesta del Cordero con el paso de los borregos por la frontera no ha despertado mayor interés en el país a pesar de coincidir temas de tan enorme sensibilidad como la sanidad, la religión y la política. El desconocimiento también ensancha la distancia. Y puede ser peligroso.

Esa distancia llega a ser abismal cuando vuelve invisible algunas formas de vida que parecen traídas de la noche de los tiempos o de otras geografías. Sin embargo, ahí están, al alcance de cualquier plataforma de nuestro ocio, las imágenes de los porteadores en las fronteras para los que no hay edad, sexo o condición. Son humanos de carga que mueven decenas de kilos en carreras apresuradas por arribar más mercancía que justifiquen un escaso jornal. Y menos visibles aún están los niños de la calle, los que viven al margen de los centros de acogida saturados, y esperan hacer un «risky», colarse como polizón en algún barco. Dramas humanos que darían para magníficos documentos informativos en un modelo de televisión pública que no existe.

Sería hablar de Melilla. De una ciudad que merece saber de su oferta, excelente en historia, arte y gastronomía; que está apenas a media hora de la península y tan lejos de nuestra agenda; que merece ocupar algún telediario por su esfuerzo en la convivencia de diferentes culturas y los problemas que a veces conlleva; de una ciudad que también merece algún fin de semana como tantas otras del Mediterráneo, el mar nuestro de cada día.

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