Hablan los que nunca hablaban

DIEGO CARCEDO

La nómina, ya de por sí voluminosa, de descontentos activos se ha incrementado estos días pasados con la incorporación oficial de los pensionistas. El jueves pasado centenares de miles de jubilados se manifestaron por las plazas de toda España con el mismo ímpetu, y en algún caso hasta agresividad, con que a menudo lo hacen otros grupos sociales: trabajadores en paro, estudiantes en rebeldía propia de su edad, mujeres reclamando igualdad de derechos o sindicalistas reivindicando mejoras salariales.

Esto es normal y lógico, las organizaciones y las personas tienen derecho a expresar sus quejas y a formular con el peso de la unidad sus reivindicaciones. Las manifestaciones callejeras no son nada nuevo en la España democrática que disfrutamos y tropezarse con ellas, aunque a veces causen problemas a la circulación, ni sorprende ni generalmente molesta más que a los intransigentes. Más bien diría que se acepta como algo normal y como cada cual suele tener algo qué reivindicar, se comprende.

Hoy por ti, mañana por mí. Lo que no era frecuente en nuestro país es que lo hagan los pensionistas, los mayores, la clase social que no suele hablar en voz alta, ni protestar en público, sólo votar en silencio y seguramente con mucha resignación ancestral. Pero esta actitud tradicional, de lo que antes se conocía como las clases pasivas, ha llegado al fin. También ellos están insatisfechos, también ellos se sienten agobiados e incluso agraviados, y han soportado el frio invernal para salir a la calle a expresarlo.

Les asisten muchas razones. Alguien cercano al poder se ha permitido desdeñar sus dificultades para llegar a fin de mes alegando que han sido los que salieron mejor parados durante la crisis. Es una afirmación lamentable porque de la crisis sólo salieron bien parados los que tenían reservas o sueldos astronómicos. Las pensiones en su mayor parte son verdaderamente miserables para afrontar el coste de la vida. Y, además, nadie debe olvidar que muchos beneficiarios tuvieron que repartirlas con sus familiares en la indigencia.

Los pensionistas tienen a su favor el hecho de estar reclamando algo que la sociedad les debe, en absoluto de manera graciosa o solidaria. Han contribuido durante años y años para tener ese derecho. Fue una forma de ahorro que ahora se les regatea y se les amenaza con la proximidad de un día en que no podrán recuperarlo. Precisamente en la edad en que más lo necesitan y tienen menos capacidad física para afrontarlo, la amenaza va cobrando fuerza. La demagogia oficial cometió durante varios años la torpeza de aumentarles las cantidades a percibir por cada uno en un ridículo 0,25%. Mientras los funcionarios, por ejemplo, veían congelados sus salarios, con una actitud muy digna de aceptación que no se les ha valorado, a los pensionistas se les condenó a la humillación de tener que aceptar un aumento insignificante y destinada a restarles el argumento de que también estaban entre la inmensa mayoría de los afectados.

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