Las otras guerras

DIEGO CARCEDO

Quizás haya quien se atreva a pronosticar que las guerras, la amenaza histórica que ha sufrido la humanidad, están desapareciendo de la geografía del Planeta. Y mirando el mapa y saltando Siria de un primer vistazo, esta impresión puede resultar válida. Hay activos varios conflictos armados más, sin duda, pero todos de intensidad baja y dimensión limitada.

Claro que hablamos sólo de guerras convencionales, con ejércitos enfrentados, bombardeos y trincheras por el medio. Porque la realidad es que esa dramática creencia que considera al ser humano incapaz de vivir en paz con sus semejantes sigue vigente y, más que vigente, renovada con nuevas formas de matar. Ni el desarrollo cultural ni el económico han conseguido librarnos de esa lacra.

Es triste ver cómo el progreso, con sus avances científicos y tecnológicos, no consigue mejoras en la convivencia. Las guerras convencionales han disminuido, veremos por cuanto tiempo, pero a cambio cobra cada vez mayor preocupación el terrorismo en sus variadas versiones y particularmente el yihadista. Ahora mismo es la principal preocupación.

Pero hay otras variantes de la violencia que sin ser reconocidas como frentes de guerra están dejando más sangre y más vidas que muchas guerras. Hace unos días leíamos un informe en el que se revelaba que en México, un país importante y democrático, mueren cada día setenta personas asesinadas. En el pasado 2017 el total de víctimas fue de 25.339.

Pocas guerras abiertas ofrecen semejante saldo de muertos. Y México no es un ejemplo excepcional: en Venezuela, con menor población, el porcentaje de violencia callejera no se queda atrás, con la agravante de que en su inmensa mayor parte son homicidios que quedan impunes. Unas veces es el crimen organizado, otras la intolerancia, cada vez son más los argumentos que explican esta situación.

Tampoco hay que olvidar la pérdida de vidas que está suponiendo la ambición de supervivencia de centenares de millones de habitantes del Tercer Mundo que se arriesgan por intentar salir de la pobreza y carencia de futuro en que se encuentran. El drama de las migraciones es imparable y de solución imposible.

Y, por supuesto, sin olvidar la violencia más degradante, que es la machista, la que se ceba en los propios hogares contra las mujeres. No hay estadísticas mundiales de esta lacra pero simplemente las que ofrecen los países más evolucionados son escalofriantes. España no es una excepción de esta guerra silenciosa entre sexos.

Mientras tanto, muchos países prosiguen una carrera armamentística para la cual no se ve fin. La presencia en la Casa Blanca de un personaje como Donald Trump no resulta nada alentador. Los esfuerzos de la primera potencia mundial por mejorar la convivencia entre razas, culturas y religiones, lejos de progresar, están en una fase de franco retroceso. No hay lugar para el optimismo.

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