Guerra a las toallitas

Tener que registrar nuestro ADN como se hace con los perros supondría el fracaso moral de la humanidad

Txema Martín
TXEMA MARTÍN

La aparición repentina de masas de toallitas húmedas a la costa de la Misericordia sin motivo aparente ha sido asumido por el Ayuntamiento como la llegada a la playa del cadáver de Laura Palmer. Es un misterio que apunta a un solo culpable, pero el último informe lanzado en esta 'guerra a las toallitas', en el que participó la Universidad de Málaga con su superordenador Picasso (otro Picasso más), nos descarga un poco de responsabilidades. Señala que este desembarco que aparece de vez en cuando y siempre en el mismo sitio no viene tanto por lo que hemos tirado nosotros ahora, sino que proceden del fondo marino y se deben a los «aportes históricos» del personal.

Los datos son alarmantes. Lejos de ser una tontería que se queda atorada en lo doméstico, la realidad es que la incorrección en el empleo de toallitas higiénicas por parte de esa gente tan pulcra desemboca en una pelota enorme, malísima para el medio ambiente, que atora y resulta antiestética y cara. Cada año nos gastamos muchísimo dinero en eliminarlas. Sólo en Málaga en 2016 se retiraron 4.122 toneladas de residuos sólidos en su mayoría formados por estos objetos de diseño. En Valencia el año pasado encontraron una acumulación tal de toallitas húmedas que la estructura, que medía casi un kilómetro de largo, que atascó uno de los principales colectores de esta ciudad, inútilmente pionera en proponer sanciones de 300 euros a aquellos que sean sorprendidos tirando toallitas al inodoro en la intimidad de su hogar. La medida ha sido un fracaso porque tampoco quedaría constitucionalmente fino emprender inspecciones sorpresa en los reservados de la gente. Tener que llegar a registrar nuestro ADN tal y como se hace ahora con los perros supondría el fracaso moral de la humanidad; el definitivo hundimiento emocional de toda la comunidad de vecinos.

La Administración debería prohibir la venta de estas toallitas sintéticas y condenarlas a la ilegalidad. Tampoco debería permitir que la mayoría de las marcas anuncien con alegría que son desechables por el inodoro y se autodenominen 'papel higiénico húmedo' cuando no lo son; no alcanzan ni de lejos la calidad y la nobleza que imperan en el papel higiénico original. Que en el envasado de estos productos incluso se recomiende tirar el pañuelo por el váter debería estar penado. Y no sólo con dinero, sino también con muchas horas de 'trabajos para la comunidad' para los directivos de las mayores multinacionales de las toallitas higiénicas. Hay que provocar un gran boicot internacional hasta que los fabricantes anuncien que tirar las toallas por el váter es de ser un cerdo y mientras tanto inventen una fórmula que no tarde tantos meses en biodegradarse. Hay que acelerar el envejecimiento de estas toallitas una vez visto que la ciudadanía es incapaz de lanzar estos desechos a esa papelera que todo ciudadano decente debería tener en su cuarto de baño. Hay que parar esta lacra de detritus y ganar esta particular guerra a las toallitas.

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