Don Gregorio

La risa exige de un cooperador necesario, el humor

PEDRO MORENO BRENES

Todos somos una mezcla de risas y llantos, alegrías y penas, nadie se libra de un mala racha y todos deberíamos disfrutar de las mieles de la felicidad. Sin embargo, hay gente que se sale de esta regla. Decía Jorge de Burgos, personaje de la novela 'El nombre de la Rosa': «La risa es un invento diabólico, que deforma las facciones y hace que los hombres parezcan monos... la risa acaba con el miedo». No le faltaba razón al fanático monje en una cosa, la risa es un antídoto frente a todo tipo de integristas y 'cara de palo' vocacionales que consideran una herejía las más mínima concesión a la relajación o al optimismo. Para estos tristes profesionales nunca es el momento del humor o la ironía, solo ven la parte negra de la vida, la individual y la colectiva, y solo cabe una reacción: el lamento cansino y con una constancia militante, desayuno, merienda, cena, mañana, tarde y noche.

La sonrisa en la cara puede reflejar felicidad, pero la risa casi siempre exige de un cooperador necesario, el humor, cualidad de la que todos podemos disfrutar pero que pocos tiene el don de producir; D. Gregorio era uno de ellos. Chiquito de la Calzada (por el querido barrio malagueño de la Trinidad) era un obrero del humor. No lo tuvo fácil en su humilde origen y le llegó tarde, pero contundente, el éxito allá por los noventa del siglo pasado. Por medio, años cantando y palmeando en fiestas (incluso en el lejano Japón) y afilando unas sobremesas de chistes que consolidó gestos y palabras de su exclusiva propiedad intelectual, aunque alguno intentaran imitarlo. Se cuenta que en un juicio donde demandaba que nadie se aprovechara de su genialidad, los jueces y abogados se cogían las costillas para no reventar de risa cuando en estrados se escuchaba, en fase de prueba, frases como: «no puedor, no puedor» o «fistro de la pradera»

Las veces que coincidí con él siempre pensé que tenía delante a una persona buena, sencilla y muy inteligente. Amigos comunes que lo conocen desde siempre ratifican esa impresión y recuerdan que el éxito jamás debilitó, sino al contrario, incrementó la adoración que sentía por Pepita, su esposa y compañera de toda la vida. Cuando quedó viudo, la edad y la tristeza le puso cuenta abajo y ayer ha logrado un unánime cariño al conocerse su muerte. Será fácil recordarlo entre risas, su medio natural.

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