La granja urbana

Sin ir más lejos

Como si de pronto el parque de la Paloma lo hubiera asaltado un ejército de pésimos cantaores de chiringuito

José Vicente Astorga
JOSÉ VICENTE ASTORGA

Hablar por el móvil con ruido de gallinero de fondo no es la última moda en el repertorio de sintonías digitales disponibles sino un molesto y absurdo peaje que han de sufrir quienes pretenden moverse por uno de los espacios más bucólicos de Benalmádena. El parque de la Paloma ofrece una anomalía urbana en la Costa del Sol tan insólita como desagradable, como si de pronto aquello lo hubiera asaltado un ejército de pésimos cantaores de chiringuito. El músico que gallea y desafina al menos es una tortura de poco tiempo, pero estas bandadas -así debieron empezar los monos de Gibraltar- ya forman parte del paisaje como un icono incómodo y estrafalario. Los animales de granja convertidos en reyes del manbo. Hasta desde tripadvisor se recomienda el concurrido lugar como uno de los enclaves a visitar en la localidad, por encima de espacios míticos como Tivoli. Seguramente a los usuarios les mueve un cóctel de sensaciones entre la estupefacción, la pulsión por compartir lo inaudito y puede que hasta un malentendido amor por estos eslabones híbridos de pollo alimentado con revuelto de migajas, ganchitos y restos de golosinas. Comparada con la de los cisnes del estanque próximo, su dieta de kiosko es un despropósito metabólico que, o los matará si antes no los vuelve locos, y los puede acabar convirtiendo en un enigma para los ornitólogos. La primera especie dominante en simbiosis con domingueros y padres incautos que dejan alegremente a sus retoños al pie de picos, piojos y espolones. ¿Quién dijo que los niños de ahora no ven hasta muy tarde una gallina o un gallo? Si el huerto urbano es ya un clásico, la granja escuela en versión descontrolada con censo exponencial de gallos, empieza a hacer simpáticas hasta las gaviotas reidoras. Los vecinos y comerciantes están hartos de que los amaneceres y el paso del tiempo los marque esta gota malaya de cacareos sin que haya forma animal, humana o municipal de toserles. La avifauna campera lo mismo picotea pinchos de tortilla en terrazas que obliga a los conductores a parar el tráfico cuando cruzan. Son casi medio millar de ejemplares de una pollería a cielo abierto que tienen frito a todo el mundo, un mal negocio. El 'Spain is different' se cumple con manga ancha de la autoridad, bloqueada por nostalgia rural o por una extraña sensibilidad compartida con algunos guiris y nativos ajenos a la contaminación acústica que castiga al residente. Parece que a tanto pollo suelto no lo va a frenar nadie y que gallos y gallinas de toda la vida asciendena especie invasora que se envalentona hasta con las cotorras argentinas. Nada se mueve para poner orden en este gallinero, como si se apostara por una versión cortijera del terror alado de la película de Hitchcock, un brote de gripe aviar o una pelea de gallos con algún inocente niño picoteado que se puso a hacer de mediador.

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