GRAN SEMANA SANTA

Manuel Castillo
MANUEL CASTILLOMálaga

Podríamos imaginar que las ciudades son como tronos inmensos que desfilan por la Alameda o por callejuelas y esquinas inverosímiles del casco antiguo. Trasatlánticos que navegan sobre un mar de devotos; al paso, con ese sonido tan estremecedor que produce el cimbrear del palio y los arbotantes y el crujir de los varales sobre los hombros de los hombres de trono. Y de las mujeres.

La Semana Santa de Málaga ha sido (es) grandiosa; un año más. Con cientos de miles de personas en las calles, con un patrimonio excepcional en los desfiles y con esa extraña comunión indefinible entre el rito, la tradición, la fe y la cultura. Podemos dudar de muchas cosas, pero no de que muchísimos malagueños creen y se encomiendan con una fe tan profunda que desnudan su rostro y su alma en plena calle. Con lágrimas y miradas infinitas. Quizá no saben muy bien ni qué ni por qué, pero lo sienten con tanta certeza que creen. Y con eso les basta.

La Semana Santa de Málaga es tan variopinta que ojalá siempre sea así. Diferente, extraña, popular, excelsa, sutil, religiosa y hasta pagana. Es complejo explicar por qué es así; y mucho más difícil entenderlo. Quizá es la expresión de una forma de ser, de una forma de entender la vida y el espíritu.

Es un hecho que la Semana Santa de Málaga trasciende a la Semana de Pasión de Cristo. Y eso no es malo. Porque hay muchos cristianos en la calle, sí, pero también muchas personas que se conmueven en un diálogo íntimo que mucho tiene que ver con la fe, con el arraigo, con la tradición y con la cultura. Con la necesidad de creer, de hablar y de ser escuchado. Luego hay, incluso, agnósticos que llegan a meterse bajo un varal. Y lo curioso es que ninguno sobra en esta manifestación popular que logra aglutinar como ninguna otra a tantas y tan diferentes personas. Quizá, si nos paramos a pensar, en esta semana que hoy termina la Iglesia consigue reunir en torno a sus dogmas a cientos de miles de personas. Unas son creyentes; otras están convencidas; otras dudan; otras reniegan; otras sólo pasaban por ahí, pero todas estaban.

La Semana Santa de Málaga es tan poderosa en esta tierra que logra congregar a miles de personas eliminando diferencias. Hay pocos lugares como un encierro o en un trono donde todo el mundo sea, de verdad, igual. Bajo el capirote, con la vela, con el martillo o el bastón. En una silla en calle Larios o en la acera de Carretería. Y eso, visto así, es muy cristiano.

Es por todo ello por lo que hay que defender que la Semana Santa de Málaga siga siendo así. Sin demasiadas imposiciones, reglas o tribunas. Que cada cofradía lleve el trono como quiera o entienda; que cada cofrade lo sea a su modo; que cada malagueño viva esta semana como prefiera, en la calle, en las sillas, en un balcón o a mil kilómetros de distancia.

La Semana Santa de Málaga también es un misterio, como la vida misma. Porque, se crea o no, y se crea en quien se crea, lo que siempre hace falta es una buena dosis de fe.

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