La gran olvidada

La rotonda

José Miguel Aguilar
JOSÉ MIGUEL AGUILAR

Es una línea que serpentea el horizonte, con la montaña detrás y el precipicio de frente. Al fondo, la nada, el abismo. Sinuoso y misterioso. Debajo la vía del tren Bobadilla-Algeciras corre paralela al río. El vértigo aparece si miras hacia arriba, o si estás en la cima e inclinas ligeramente la cabeza. Ríete tú del Caminito del Rey. Hay carreteras secundarias que apenas cumplen su función de conectar a la gente por el estado de abandono que presentan, entre la desidia de los políticos y las dificultades que entraña la zona, quebrada y con hondonadas considerables. El pasado miércoles, las primeras lluvias del otoño inundaron de tristeza a los habitantes de la Serranía al comprobar un año más el peligro que se cierne cuando se recorren los diferentes caminos que enlazan poblaciones aisladas por la historia y por la orografía.

La primera tormenta del año descargó ira e indignación entre los habitantes de Montejaque, Benaoján, Jimera de Líbar y Cortes de la Frontera, incluso Ronda, cuyo nexo de unión es una carretera que bordea barrancos con despeñaderos asomándose a un paisaje que en días de sol es un deleite para la vista y con mal tiempo niebla la misma vida. Una roca desprendida de las alturas, cercanas al cielo, a causa de la lluvia cayó sobre la carretera, dejó incomunicados a varios pueblos y sesgó las esperanzas de mejora en una comarca de belleza descomunal y apatía generalizada. Puro conformismo en una región abandonada a su suerte.

Se ha dicho en numerosas ocasiones y habrá que remarcarlo una vez más: la Serranía de Ronda es la gran olvidada de la provincia. Su dificultosa relación histórica con la capital por las malas comunicaciones, su salida natural hacia Sevilla que le hacía tener sentimiento de orfandad y su aislamiento continuado por la pasividad de los vecinos han convertido a la Serranía en un páramo. En invierno más. El auge del turismo rural ha mitigado su soledad y, en cierta medida, ha revitalizado la economía local, pero aun así no ha evitado la sensación de desánimo. La imagen en la web de SUR era muy poderosa, porque la roca caída antes de llegar a la Cueva de la Pileta, uno de los grandes tesoros ocultos de Europa, impactaba en la carretera y dolía en el alma porque te daba de bruces con la dolorosa realidad. Es de agradecer la celeridad de los operarios en restablecer la normalidad, pero el daño ya estaba hecho. Parece eterno.

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