Gran Hermano

JUAN FRANCISCO FERRÉ

La imagen es impresionante. Una cola de consumidores fanáticos asalta las instalaciones de una megatienda para apropiarse de las mercancías más codiciadas a precios de ganga. Mientras tanto, las ventas en internet se disparan a niveles histéricos, las acciones de Amazon cotizan al máximo y el dueño del lucrativo negocio ingresa de golpe en el selecto club de multimillonarios mundiales. El viernes negro es más negro para unos que para otros. Los consumidores que regresan a sus hogares hipotecados cargando con mercancías obsoletas no salen de parias por más gratificante que haya sido la cacería de productos en oferta.

Una sociedad que bombardea los cerebros de los ciudadanos con la cantidad de basura envasada al vacío con que lo hace esta no puede presumir mucho de valores éticos ni dar lecciones morales a nadie. La cultura basura es el espectáculo dominante en pantallas y redes sociales, donde el penúltimo genio triunfa haciendo ostentación de su barbarie ante una parroquia exclusiva que aplaude cualquier indulgencia de ese tipo, o los insultos denigrantes, antes que una exhibición de inteligencia, conocimiento o buen gusto. Esta es la manada genuina y no solo la horda tribal de los violadores en grupo, expresión violenta del mismo espíritu cavernario. Y no es que la fiesta retrógrada de San Fermín, con o sin el aliciente machista para cabestros en celo, sea más educativa que la denigrante vulgaridad de la televisión basura. Lo que celebra el Gran Hermano, como tantos subproductos de Mediaset y canales afines, eficaces destilerías de excremento mediático, es la pertenencia a una cultura banal que degenera, por lógica, en toda clase de conductas repugnantes, documentadas en redes y dispositivos con puntualidad digital.

Cuando Pablo Iglesias, o cualquier otro político idealista, toma el nombre corporativo del pueblo en vano, arrogándose la defensa de sus derechos y supuestas libertades, entran ganas de enseñarle los datos aplastantes de la taquilla de cine, la audiencia de ciertos programas despreciables, las tendencias masivas de Twitter, los sondeos electorales o las imágenes terroríficas del 'Black Friday', la orgía puritana del consumo prenavideño que los americanos le han vendido al mundo entero para hacer caja. Mientras el uno por ciento de la población global ajusta aún más sus cómputos financieros y reduce decimales para empezar a restar miembros, los miles de millones sobrantes importan costumbres que aumentan el patrimonio de las élites y empobrecen la vida mental de las mayorías. Esto no lo ve el Gran Hermano de la tele porque este solo tiene ojos para una cosa. La basura humana. Y sabemos que la inmundicia reciclada en información es la materia prima más valiosa de la sociedad de control. Esta es la moraleja infantil de hoy. Cada vez que Google o Facebook te feliciten por tu cumpleaños, lector, piensa cuál es el precio.

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