Gran guiñol

Antonio Soler
ANTONIO SOLER

El monstruo del pequeño Monterroso sigue ahí. Ha estado dormido, cloroformado con un anestesiante de 155 miligramos pero ahora, por boca de Quim Torra, bosteza y vuelve a enseñar sus colmillos y sus muelas cariadas. En realidad no se sabe quién ha estado dormido, si el monstruo catalán o nosotros mismos. Dormido, aletargado, desmayado. El caso es que el 1-O, la xenofobia camuflada de delirios antiespañoles y la fiebre más alta del soberanismo parecían haber bajado de intensidad, pero no. Ahí está Torra y ahí están las encuestas. Puigdemont ha designado a su heredero en la zona más oscura del subsuelo soberanista y la encuesta oficial catalana nos dice que las dosis de seny que Esquerra aún mantiene en el congelador se han echado a perder en beneficio de la radicalidad de Puigdemont y la CUP.

Alguien dijo de modo acertado que Puigdemont era un militante de Convergencia, con mentalidad de Esquerra y comportamiento de la CUP. Bueno, pues lo de Esquerra ya se lo pueden ahorrar. Eso fue en el pasado remoto, es decir, hace seis meses. Ahora sencillamente Puigdemont es él mismo, una especie de Rey Sol del soberanismo. Todo empieza y acaba en él. Es su única estrategia. Fuera de ella solo cabe la nada. Dentro de un año apenas nadie se acordaría de su flequillo ni de sus miedos e inseguridades. Ahora es el icono al que muchos caballeros y damas de la Cataluña profunda le rezan de rodillas y en pijama cada noche antes de meterse en la cama.

También dijeron de él que era un títere. Sí. Y lo era, o al menos lo parecía. Hasta él mismo se definió de ese modo, aunque con otras palabras. Era un mandado de Artur Mas y aseguró que ocuparía el puesto de Molt Honorable President de forma circunstancial y por un plazo de tiempo muy limitado. Y ahí está. Encarnación de la palabra verdadera, biblia del catalanismo. Este señor nunca ha cumplido nada de lo que ha dicho. El birlibirloque ha sido su mayor precepto. La engañifa, la trampa, la república para hoy -de menos de un minuto de duración- y el hambre para mañana. Ahora el títere designa un títere que acepta su condición de títere. Ayer el candidato Torra declaró en el Parlament: «Nuestro president es Puigdemont». Tendría que haber dicho que nuestro abuelo es Artur Mas. Títere, vicario o representante de dios en la tierra. Otra vez a vueltas con la semántica. Lo que importa no será lo que se diga -el cacareo está definitivamente sobrevalorado-, sino lo que se haga. Y eso está por ver. Igual que está por ver que el títere Torra no corte las cuerdas que lo atan a Puigdemont como Puigdemont cortó las que lo unían a Mas. Incluso la CUP puede dar mañana otra vuelta de tuerca y dejar a Torra en el banquillo. Se verá. De momento lo único que parece cierto es que la pequeña obra del pequeño Monterroso sigue absurdamente vigente. Cuando nos despertamos el monstruo, o el guiñol, seguía allí.

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