Carta del director

Una gran ciudad

Manuel Castillo
MANUEL CASTILLOMálaga

Si hace unos cuantos años, no más de cinco o seis, alguien hubiera afirmado que Málaga era una de las ciudades más modernas de Europa, seguro que habría parecido una exageración y, por supuesto, algo inverosímil. Pero hete aquí que quien pronunció estas palabras esta misma semana fue el rey de España, Felipe VI, con motivo de la entrega de las medalla al mérito de las Bellas Artes. «Málaga esconde una admirable paradoja: la de ser una de las ciudades más antiguas de Europa y al mismo tiempo una de las ciudades más modernas». Nada más y nada menos.

Así de claro. No sólo es un motivo de orgullo que alguien como el monarca ponga el acento en la modernidad de Málaga, sino que llama la atención de que la ciudad haya sido capaz de llamar la atención sobre su valor histórico y milenario, algo que siempre había pasado inadvertido y, por supuesto, infravalorado.

Málaga está hoy en el mapa europeo. Como ciudad turística, residencial, empresarial y cultural. Sí. A algunos nos criticaron nuestro optimismo y nuestro empeño en destacar que Málaga era, y es, una gran ciudad, con unas enormes posibilidades para consolidarse como uno de los mejores lugares del mundo donde vivir. Y el mérito debe ser compartido por todos. Quizá porque esta ciudad siempre ha tenido una vocación cosmopolita y abierta. Desde los siglos XVIII y XIX, cuando atrajo a grandes emprendedores que no sólo dejaron su impronta sino su apellido en la historia de la ciudad.

Lo mejor que podemos hacer hoy por Málaga es sentirnos muy satisfechos de la provincia y la ciudad en la que vivimos, sin exageraciones ni exaltaciones provincianas, sino con la certeza de que hemos sabido construir un entorno plural, internacional y emprendedor. Y todo ello a pesar de un elenco de malasombras con una incansable y trasnochada perseverancia. Frente a los que prefieren el «de entrada, no», los hay que preferimos el «de entrada, sí», quizá porque pensamos más en el mañana que en el hoy; en ellos más que en nosotros, sin egoísmos ni narcisismos rancios.

La Málaga de principios del siglo XXI es digna heredera de aquella del principio del siglo XX, aquella que amplió el Puerto, ganó terreno al mar, construyó el Parque y la Alameda, trajo el agua desde Torremolinos y creyó en una ciudad industrial. Hay quienes prefieren el gris de los años 50 y 60, mojigatos, empeñados en cerrar la ciudad en sí misma para alimentar así su mí, me, conmigo.

Málaga, desde hace tres mil años, es una ciudad abierta al mar, al Mediterráneo, y al resto del mundo; interesada en acoger al visitante, al extranjero y al emprendedor; desprendida y desacomplejada; curiosa y amable. Por ello es tan importante hoy no perder ese espíritu y mantener francas las ventanas para que corra el aire, para que se rompan cadenas y ataduras de los que prefieren deambular entre penumbras. Málaga es una ciudad del paraíso; un jardín asomado a la luz y a la vida. Y eso es lo que hace de Málaga una gran ciudad.

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