Graduaciones y frustraciones

Ana Barreales
ANA BARREALES

Quien no tenga previsto asistir a una graduación de un niñatillo esta semana que levante la mano. Antes de entrar en la universidad un adolescente ha pasado por un acto más o menos protocolario de recibir un diploma con fiesta incluida unas cinco veces (guardería, infantil, secundaria y bachillerato), ante unos abuelos y padres a los que se les cae la baba con la proeza del niño, como si fuera el próximo Gagarin. Todo ello para, a lo mejor, empezar un ciclo superior que no es lo que quiere estudiar, porque no siempre le da la nota. Y terminar unos años después con otra graduación más e irse a trabajar fuera de España para tener un sueldo y unas condiciones laborales medio decentes. No es cuestión de ponerse dramáticos con lo de salir fuera, pero la experiencia puede ser estupenda cuando se hace por decisión personal y muy dura si es por necesidad .

Y lo normal es que de tanto graduarse tiendan a pensar que son la bomba o, por lo menos, que protagonizan algo bastante importante. Cuando, en realidad, lo único que hacen, unos mejor y otros peor, es cumplir con su obligación de ser estudiantes, lo que les toca a esa edad. El resultado es que tenemos niños con un montón de autoestima y una capacidad de soportar frustraciones bastante baja.

Como en tantas cosas o nos quedamos cortos o nos pasamos. Está estupendo fomentar que se sientan seguros de sí mismos, queridos y sin complejos, pero no a costa de fabricar chavales que se defienden en el colegio, pero son inútiles para la vida diaria y llegan a la adolescencia sin haberse pelado una fruta y sin saber escurrir bien una bayeta por la sencilla razón de que han tenido a alguien que lo hacía por ellos, no se fueran a cansar. O con la excusa de que así se centran más en lo suyo.

Ahora resulta que vuelve a estar de moda que los niños se vayan andando solos al colegio. Lo que se ha hecho toda la vida. La nueva clave es que se van en una ruta con otros vecinos y compañeros que les organizan previamente los padres. Hasta esa mini independencia hay que tutelar ya.

Leía el otro día un reportaje muy bueno de Inés Gallastegui sobre hijos sobreprotegidos y las razones del 'niñocentrismo'. Venía a decir que antes los padres tenían unas expectativas más bien modestas en relación a sus hijos y se daban por satisfechos si rendían en la escuela y se convertían en personas decentes. Pero ahora son padres más viejos, tienen menos hijos, pero más planes para ellos y para proporcionarles todo lo mejor. Muchas veces están demasiado preocupados por «hacerles felices» y cansados para decir «no».

Graduarse en el colegio es relativamente fácil, pero en la vida es bastante más complicado hasta para los adultos y para eso no les estamos preparando bien. Esa responsabilidad sí que es de los padres.

Fotos

Vídeos