Gracias, don Felipe

Pedro Luis Gómez
PEDRO LUIS GÓMEZ

SI la comparecencia pública del Rey Juan Carlos la noche del 23-F de 1981 echó por tierra las esperanzas golpistas y tranquilizó a los españoles, sorprendidos por lo que nunca pensaron iba a suceder, la de su hijo, Felipe VI, en la noche del 3-O tuvo un efecto muy similar, porque no pocos españoles, desazonados por lo que ocurre en Cataluña, esa noche, por fin, pudieron conciliar el sueño sabedores, al menos, de que una autoridad del Estado daba un golpe en la mesa y ponía a cada uno en su sitio tras no pocos momentos de insomnio por los sucesos vertiginosos que acaecían, y las actitudes golpistas de los miembros del Govern y sus 'mariachis'. El 'efecto Felipe' ha sido demoledor en este sainete que hemos consentido entre todos. Porque lo que ha ocurrido es consecuencia del complejo que los españoles de bien hemos tenido de utilizar la palabra España o el término patria, llegando al ridículo más atroz al permitir, sin problemas, que esto es jauja, silbar y putear (ese es el término justo) al himno nacional y al Rey, jefe del Estado, llamar a la selección de fútbol 'La Roja', decir en TV «va a llover en el resto del Estado», pisotear y destrozar los coches de la Guardia Civil, acorralar y perseguir a policías y a guardias civiles, intentar echarlos de los hoteles... Jalear a unos golpistas, insultar a quienes intentan mantener la Ley y el orden sólo podía ocurrir en este país, en el que, incluso, se ha tenido que soportar que en nuestro entorno geográfico, en las primeras horas tras el referéndum ilegal, se dudara de nuestra democracia. O aguantar los impresentables tuits de Alberto Garzón, 'secretario de vítores y aplausos' de Pablo Iglesias, otro igual, los mismos que han dado vida y músculo a Puigdemont, Junqueras y compañía, sin que estos se dieran cuenta de que el suyo es el 'abrazo del oso'... Pero aquí no pasaba nada, todo era posible. Y la mayoría de los españoles, humillados, escondidos, avergonzados, asustados, miraban de reojo a la espera de que alguien diera, al menos, una señal de esperanza y de tranquilidad. En el momento de mayor desazón (igual que ocurrió cuando Milán del Bosch sacaba los tanques a la calle, y entró en escena su padre) llegó don Felipe (la chorrada de llamarlo por parte de Podemos-IU 'ciudadano Felipe' es lo mismo que ir a reunirse con él en vaqueros sucios y camisa con sobaquera, una falta de respeto y de educación) para decir con su mensaje que no estábamos solos, y a partir de ahí comenzó el principio del fin del golpe de estado, aunque después la puntilla, sin duda, haya sido la huida del dinero y de las empresas, y el paso atrás de una élite económica catalana que hasta ahora había jugado con los antisistema de la CUP (esa extrañísima cena en vísperas del 1-O de Roures, Junqueras y Pablo Iglesias) y había reído las gracietas al Govern golpista. La cosa no ha terminado, pero tiene otro color. Incluso los más reticentes reconocen el montaje de los antisistema y sus objetivos. Sorprende que nadie imaginara que un antisistema (CUP, Podemos, Iglesias, Garzón...) es alguien que lo que persigue es destruir desde dentro el sistema que, ¡grande la democracia!, es el mismo que les da amparo legal y político. La falta de decisión, el 'buenismo' y la 'tranquilidad del borrego' nos han traído hasta aquí. Y la cara de Mas. Pero entonces apareció el Rey y la cosa cambió... Gracias, don Felipe.

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