No, gracias

Alberto Gómez
ALBERTO GÓMEZ

El proceso catalán amenaza como una nube negra las cenas navideñas, este año con más riesgo del habitual de acabar enredadas en estériles debates políticos que permitan vomitar la inquina centrifugada desde enero. Aún queda tiempo para mentalizarnos, aunque en centros comerciales, supermercados y calle Larios se empeñan en recordarnos que la Navidad ya no es una festividad sino una estación del año. Puigdemont escogió el disfraz de exiliado por Halloween y, de tanto jugar a truco o trato, Bruselas le ha acabado dando con la puerta en las narices. Ya no hay quien lo aguante. El traje de víctima necesitada de asilo le queda varias tallas grande, pero la construcción de su peculiar relato tiene mérito; barnizar de heroicidad el colmo del localismo más cateto y rancio y arrancar el apoyo de dos millones de personas mediante argumentos tramposos trazados desde el populismo no resulta sencillo. Nunca un presidente autonómico, ni siquiera Susana Díaz en su fallido asalto a la Moncloa, ha acaparado tanto protagonismo.

El reto ahora consiste en no dejarnos arrastrar hasta el terreno enfangado de rabia que muchos parecen encantados de abonar a diario. Se hace necesario sacar la cabeza a flote en medio de este microclima por momentos irrespirable para ignorar a quienes proponen boicotear productos catalanes. ¿Más odio? No, gracias. Con tantas cerillas en manos de pirómanos, el verdadero acto de rebeldía quizá resida en reivindicar la sensatez, aunque los adscritos a la opinión única irrumpan con su cacareada acusación de equidistancia cuando se amplían miras para, por ejemplo, criticar la contradicción que supondría intervenir la televisión pública catalana sin haber atendido antes los reiterados casos de manipulación y censura denunciados en TVE.

Lo cierto es que muchos le tenían ganas al asunto catalán desde hace años, y el delirio independentista les ha puesto una bandeja de plata donde arrojar su bilis. Son los mismos que cuestionaron que la deliciosa 'Verano 1993', rodada en catalán, ganara la última edición del Festival de Cine de Málaga o que se revuelven en su butaca cuando Serrat interpreta 'Ara que tinc vint anys' en sus conciertos fuera de Cataluña. Llevan tiempo rumiando rencor y resultan igual de peligrosos para la convivencia que Puigdemont y compañía. En un país acostumbrado a la corrupción, lo dramático del 'procés' no es el atropello legal sino la posibilidad de que esa convivencia termine de saltar por los aires, como advierte Gervasio Sánchez. Porque entonces no habrá artículo 155 que nos salve.

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