Un Gobierno atrapado

DIEGO CARCEDO

La situación en que se encuentra el Gobierno no es nada envidiable y la de su presidente, aún menos. Hace meses que las encuestan le auguran a su partido una pérdida sensible de votos y una primera derrota en las elecciones municipales que se celebrarán el año que viene. Pero esto pasa si cabe a un segundo plano -la tradicional actitud de esperar de Mariano Rajoy puede hacer cambiar las cosas, aún falta más de un año-: ahora lo que se impone es la complejidad y variedad de problemas graves que de pronto se han venido acumulando.

Bien es verdad que casi todos son problemas ya arrastrados por la pasividad y la indolencia con que han sido contemplados desde que empezaron a vislumbrarse. Uno naturalmente es el catalán, que se dejó complicar durante años, pero ahora mismo hay otros que ya lo han relegado a un segundo plano en la actualidad y en la preocupación. ¿Quién iba a decir hace escasos meses que los sufridos pensionistas, habituales sustentadores del voto más conservador y condescendientes con el poder, iban a poner en jaque al Poder?

Y lo están poniendo. Las manifestaciones con un elevando componente de reacción popular espontánea se han extendido por toda la geografía española y están movilizando a millones de personas. Desde La Moncloa y Génova se trata de minimizarlas haciéndoles ver a los manifestantes que se están dejando instrumentalizar por sindicatos y partidos de izquierda tal y como si la inmensa mayor parte de los mayores sean influenciables y no tuviesen capacidad para considerar su propia realidad personal y reclamar lo que consideran justo. Otro frente, quizás más previsible pero a su vez más combativo, es el de las mujeres que están reaccionando contra la desigualdad que sufren y de rebote contra las desigualdades crecientes que existen en la sociedad, agravadas por los indicadores de la recuperación. Bien puede decirse que el Gobierno está atrapado entre dos frentes duros, que parte en su defensa de la debilidad que le crean los escándalos de corrupción en que muchos de sus líderes han incurrido, y que políticamente está más solo que la una. Hasta el que parecía ser su hijo, Ciudadanos, con ideas más frescas y agobiado por menos cargas, además de negarle apoyo ante la adversidad, le está robando los votos. En medio de un panorama tan negro, con la dudosa aprobación de los presupuestos a dos semanas vista y los síntomas de desconcierto entre sus dirigentes, la única y paradójica ayuda es la que indirectamente le proporciona la pérdida de fuelle del populismo podemita y la crisis galopante que enfrenta el PSOE. A los socialistas, incapaces en sus luchas internas de plantear la oposición que el Gobierno propicia, no les interesa ninguna de las dos salidas lógicas: anticipar las elecciones o presentar una moción de censura sin perspectivas.

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