La gente importante

La rotonda

Antonio Ortín
ANTONIO ORTÍNMálaga

Hubo tanto ruido en este pasado octubre de la infamia independentista que buena parte de lo que ocurrió esos días pasó casi inadvertido, al menos desde las ventanas de los medios de comunicación. Y tan hartos como estamos de ver el mismo paisaje informativo en bucle, con la corrupción, el soberanismo que no va a ninguna parte o la hemorragia de odio que desangra al planeta, al final acudimos por instinto de supervivencia moral a esas historias que nos reconcilian con la especie, con nosotros mismos. Hace poco que estuve releyendo las crónicas de esos días de octubre sobre la última hazaña de Christian Jongeneel: 70 kilómetros a nado entre Tenerife y Gran Canaria. Natación en una madrugada de aguas abiertas y heladas del Atlántico con el objetivo de recaudar fondos para construir una casa de acogida destinada a 25 niños huérfanos de la ciudad india de Anantapur.

Si no fuera porque lo conocemos, cualquiera podría pensar que esto es de locos. En alta mar, y después de tantas horas, todo se vuelve en contra: el frío hace estragos, el estómago se descompone, la orientación se desvanece; sólo el alma puede vencer a la tentación de abandonar. Cualquiera lo haría, pero él no. Christian Jongeneel es un corazón puro que hace lo que mejor sabe hacer, nadar, para llevar su cuerpo al extremo y sacudirnos a los demás la conciencia a fuerza de brazadas. De la mano de la Fundación Vicente Ferrer y a través de Brazadas Solidarias, la asociación que él mismo impulsó hace años, este malagueño ha ido encadenando retos en un desafío constante en favor de los demás: el Canal de la Mancha, Mallorca-Menorca, Santa Catalina (Los Ángeles), Estrecho de Cook (Nueva Zelanda), el paso a nado de Peniche a las Islas Berlengas (Portugal), las travesías de Al-Assad (Siria) y la Puerta de la India o el doble cruce del Estrecho de Gibraltar. Ese currículum hercúleo lo coronan, no sólo la última aventura canaria, sino la doble vuelta a la Gran Manzana que nos tuvo en vilo durante un día entero hace justo un año. Y luego sale del agua como si nada; con la sonrisa que exhibe y que proporciona tanta paz como la conversación que nos regala de vez en cuando a quienes estamos entre sus amigos.

Ahora que nos ha dado por arreglar el mundo desde el Twitter; a opinar sin escrúpulos incluso de todo lo que no sabemos, no estaría de más mirarnos en el espejo de Christian y su ejemplo imprescindible. A lo mejor no se trata de tirarse al agua, pero sí de empaparse de generosidad y hacer este mundo algo mejor. Porque eso es Christian Jongeneel, necesario. Los verdaderos héroes no hacen solidaridad de salón, evasión fiscal ni corren absorbidos de estrés por Wall Street. La gente importante, la que realmente necesitamos, nada libre por Manhattan, Tenerife, Andhra Pradesh o Mumbai.

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