La gastrociudad

Caminar atravesando desfiladeros de mesas y toneles bodegueros llega a ser cansino

Antonio Soler
ANTONIO SOLER

Había quien decía que los turistas alemanes iban siempre a París con la esperanza de ver Jean Cocteau artista tocando el piano, quizá porque lo confundían con Rubinstein. Habría que pensar, o repensar, qué vienen buscando los turistas a la ciudad de Málaga, este oasis recién descubierto por las oficinas de turismo. Museos, muchos museos, y el propio nombre de Málaga que ya en sí mismo es marca, señuelo, moda. Pero la moda, por definición, es volandera, efímera. Nadie ha certificado que el pozo del oasis sea eterno. Así que, tal como Voltaire -vía Cándido- nos aconsejaba, debemos cuidar nuestro huerto. Y nuestro huerto, ahora tan fértil, es este. Tal como se ha visto en Fitur, las esperanzas son altas. Pero son esperanzas. Nada que automáticamente se convierta en esa materialidad prosaica que los antiguos economistas medían en cañones y mantequilla.

Y lo material aquí se viene traduciendo automática y machaconamente por la vía casi exclusiva del bar y el restaurante. Ver algún cuadro, deambular siguiendo el rastro perdiguero de Picasso y masticar y beber hasta el empacho. En los ya remotos años ochenta, el centro de Málaga pareció presa de la peste. Las diez de la noche eran una profunda madrugada en la que resonaban los pasos con eco mortuorio y cualquier transeúnte se convertía en una figura sospechosa. Hubo una especie de campaña de repoblación. Vivir en el centro volvía a ser atractivo. La ciudad parecía eso, una ciudad. Ahora parece más bien un parque temático, y no sabe si uno está transitando por el corazón de la capital o por un callejón del parque de atracciones Tívoli.

El negocio es el negocio, sí. Precisamente por eso hay que ser medianamente racional y hacer cálculos para que el negocio vaya más allá de un lustro o una década. El turismo es fuente de riqueza, pero no es maná. No cae del cielo porque seamos muy simpáticos, llueva poco o los touroperadores se lo hayan jugado a los dados. Caminar atravesando desfiladeros de mesas y toneles bodegueros llega a ser cansino no sólo para los habitantes de la ciudad sino para los propios visitantes, que, de seguir así, acabarán sintiéndose por completo carne de cañón turístico. Una ciudad no tiene que ser necesariamente la encarnación de aquellos carteles idílicos con los que el PSOE abrió las primeras elecciones municipales pero tampoco una interminable jungla de manteles, tapas y catavinos. El Ayuntamiento ha realizado varios y tímidos amagos para controlar el fenómeno. Ahora hace un nuevo intento por la vía de la protección acústica. Se intentará regular la apertura de nuevos bares, pubs y restaurantes en el centro y en un área acotada de Teatinos. No se trata de una agresión a la hostelería, sino de proteger los oídos del vecindario, el futuro de la propia hostelería y el de un turismo menos propenso a la avalancha, y por tanto a la fuga. De nuevo Cándido, de nuevo Voltaire. Cuidemos nuestro huerto. Y nuestra gallina de los huevos de oro, o por lo menos de plata.

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