'Garri'

Alberto Gómez
ALBERTO GÓMEZ

La idiotez del 'blue monday', considerado el día más triste del año, acabó convertida en una profecía maldita. Conservo como lecciones escritas decenas de correos electrónicos que crucé con Antonio Garrido con motivo de varios coleccionables y secciones de este periódico, como 'Málaga en tu mano' o 'Jugar a leer'. Ayer los revisaba, recordando la inquietud que me producía elegir en mis respuestas cualquier palabra inadecuada que a él, que las amaba por encima de academicismos e imposturas («La palabra es el don mayor de los mortales», escribió), le chirriase. En una ocasión, cuando yo no tendría más de veinte años, me pidió que le enviara una lista con mis poetas favoritos; me respondió semanas después, en persona, llevándose las manos a la cabeza con su clásico alarmismo teatralizado, un recurso con el que sabía que divertía especialmente. No le había gustado que incluyese a uno de ellos, a quien dedicó uno de sus repasos imposibles de rebatir. Llevaba razón.

Casi siempre que nos veíamos, Antonio recordaba algún episodio inexacto, probablemente con más carga inventiva que real, de mi infancia. Sé que el suyo era un cariño heredado al modo en que se heredan las grandes filias, las importantes, y también las mayores fobias, aunque ese es otro asunto. Siempre me fascinaron su brillante sentido del humor, su vocación hedonista y el rigor que imprimía a su trabajo, sobre todo cuando se trataba de reivindicar y promocionar la cultura incluso a costa de que otros se apuntaran los tantos que él anotaba. Me atrevería a decir que Garrido, cuyo apellido aprendí abreviado ('Garri'), dignificaba la política local y andaluza, no solamente por su elogiable empeño en creer que era posible cambiar las cosas desde dentro, sino por el esquinazo continuo que daba ante cualquier atisbo de trinchera o enfrentamiento ideológico.

Por formación y convicción, Antonio estaba por encima de los argumentos simplones y las lecturas partidistas de la realidad que trufan los debates políticos. Así se lo transmitía, como consejos tristemente más desoídos que atendidos, con su desbordante capacidad de oratoria, a sus compañeros: «No contestad al insulto con un insulto, sino con ironía» o «Para ser verosímil hoy en España lo único que necesitamos es decir la verdad». Aquella alergia al ruido, su apuesta por el conocimiento y la mordacidad, retratan a un profesor profundamente culto e inteligente, pero también a un hombre bueno y generoso a quien muchos nos hemos quedado con las ganas de decirle cuánto lo admirábamos.

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