García Baena, paraíso entre muros

Es también un poeta malagueño; no es cosa de echar en olvido el haber contado entre nosotros con el afecto y con el lujo verdadero de su nombre: uno de los fundamentales de la poesía española

El Día del Libro de este 2018 está dedicado en Andalucía a aquel Antiguo muchacho que «infatigable, bajo la dulce lampara», soñaba con lecturas y viajes. El pasado noviembre Pablo García Baena fue nombrado Autor del Año por el Centro Andaluz de las Letras, y aunque ya no estará presente en las celebraciones en su honor, sí disfrutaremos de la alta palabra de su poesía en publicaciones -catálogo y antología- coordinadas, respectivamente, por dos poetas de los setenta, buenos conocedores de su obra: el malagueño José Infante y el valenciano Guillermo Carnero.

El poeta cordobés es también, en cierto modo, un poeta malagueño: vocacional y afectivamente malagueño, diría él. Entre 1965, en que dejó la campiña cordobesa en busca de los litorales mediterráneos, y el verano de 2003, en que volvió de nuevo a Córdoba, García Baena, que es el verbo hecho carne, habitó entre nosotros casi cuarenta años; incluso desde una década antes -en que se conocen, en el Congreso de Poesía de Santiago de Compostela, los poetas de la revista Cántico (Ricardo Molina, Juan Bernier y Pablo) y algunos de la malagueña Caracola (Bernabé Fernández-Canivell, Alfonso Canales y Vicente Núñez)-, los viajes de Pablo a Málaga se hacen frecuentes: aquí, en la Semana Santa de 1955, hará una lectura poética, en la Alcazaba, a la que asiste Dámaso Alonso, y, ese mismo año, publicará, en Málaga, uno de sus libros capitales: Junio. De manera que esos casi cuarenta años de relación se convierten en casi cincuenta; por eso, no parece que sea exageración chovinista decir que el poeta cordobés Pablo García Baena es también un poeta malagueño; no es cosa de echar en olvido el haber contado entre nosotros con su afecto y con el lujo verdadero de su nombre: uno de los fundamentales de la poesía española contemporánea.

Esta valoración es algo que hoy nadie pone en duda; ya lo advirtió Carnero, a mediados de los setenta, cuando en su estudio sobre El grupo Cántico de Córdoba escribía que «su maestría en el manejo del verso y de la palabra lo ponen a la altura de los más grandes poetas españoles del siglo XX». Cuando se escribe esto, acababa de salir el volumen Poemas 1946-1961 que, al cuidado de Bernabé Fernández-Canivell, publicó el Ateneo de Málaga en 1975, pero no había aparecido todavía 'Antes que el tiempo acabe', uno de sus grandes libros de madurez que cimentó aún más ese lugar preferente que García Baena ocupa en la poesía española. Por entonces, el conocimiento de su obra era cosa de pocos: un poeta de culto cuya voz brillante y verdadera empezaba a reclamar el lugar que, hasta entonces, había ocupado en exclusiva la poética realista de los cincuenta.

La espléndida escritura de García Baena seguía siendo, en buena medida y en consonancia con el título de su primer libro, un rumor oculto a la espera de una nueva sensibilidad: aguardando la hora propicia que abriese nuevamente los ojos al lujo del lenguaje. Cuando publica su 'Poesía completa' (1982) en la colección Visor, esa hora -que había empezado con un homenaje que en 1971 le tributan unos jóvenes poetas en bar El Corral de la malagueña calle Ollerías- ya había llegado. Se rescató así a un poeta que, en palabras de Luis Antonio de Villena, «transmuta en metal precioso cuanto toca», un poeta en el que se funden la vida y las palabras. En una entrevista que mantuvimos con motivo del número homenaje que le dedicó la revista sevillana 'Renacimiento', decía García Baena: «Creo que la poesía no es más que un dietario riguroso y sincero. El poeta es el notario de sus días, y ese conocimiento y entrega llegará verdadero y palpitante hasta el poema». Estamos ante un poeta que bebe en la tradición barroca, romántica y modernista para hacerlas suyas, y que, en más de una ocasión, ha declarado que «en la palabra está la clave» y que la soledad es el camino imprescindible para el descubrimiento del propio yo «porque de la soledad nace la luz y, de ella, la verdad».

No es de extrañar, por eso, que al hacer una nueva recopilación de su poesía en la colección 'Ciudad del Paraíso', eligiese un término, Recogimiento, que, además de apuntar a la reunión de poemas, tiene que ver con la forma en que concibe su dedicación a la escritura; de manera que ese título se revela como una especie de brevísima y eficaz poética. Porque, en efecto, la escritura de Pablo García Baena es el fruto de una labor pausada e intensa, recogida e íntima, verdadero «paraíso entre muros», como dijo él en un poema de su libro Junio, altísima poesía que aúna, como quería el romántico John Keats, la verdad y la belleza y, con ellas, la autenticidad de una ética no traicionada que, pausadamente, pero sin abandono, llegó hasta el final de su vida: Pablo ha dejado un libro inédito. Su poesía es uno de los más claros ejemplos del compromiso serio con la verdad que una persona asume como propia (amor, erotismo, religiosidad), sin permitir que modas de un momento desvíen la atención de lo que se estima como personalmente válido; de ahí la autenticidad que el lector percibe en un poeta que ha huido siempre de las prisas por estar y que, a la larga, ha terminado estando entre los grandes.

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