Fútbol

El extranjero

Antonio Soler
ANTONIO SOLER

La pelota rueda y el mundo parece rodar tras ella. Verano de balompié, verano de frustración nacional. Salen los comentaristas expertos a la búsqueda de responsables. Apuntan a la ambición de Lopetegui, al estático De Gea, al pelón Silva, al inadaptado Diego Costa e incluso al buen samaritano Hierro, que haciendo honor a su apellido ha dado muestras de enorme rigidez y una pasmosa falta de cintura táctica. Casi nadie señala al Real Madrid y al taimado Florentino, reventadores del espíritu nacional dos días antes de que la bola echase a rodar. Sean quienes sean los responsables el resultado es ese, frustración.

De eso la peña malaguista puede dar clases particulares a los seguidores de los equipos grandes. Aquí todavía duele el costado cuando se oye hablar de Dormunt, esa crueldad amarilla. Algo que suena a espejismo ahora que las huestes blanquiazules se preparan para la travesía del desierto. Aunque eso de prepararse es un decir, porque todo marcha a cámara lenta. Todo va al paso cansino de la desgana, del jeque. Tan lento como lento es el seleccionado español, ese que pasó del mágico tiquitaca de Sudáfrica al penoso tacataca de Rusia. No sé quién dijo que el fútbol es la cosa más importante de las cosas menos importantes. Pudiera ser. Gente de mucha cabeza, no sólo rematadores, se ha mostrado apasionada por este deporte. Simon Critchley, filósofo británico y fervoroso hincha del Liverpool, ha escrito en su libro 'En qué pensamos cuando pensamos en fútbol' que el hecho de que a alguien le guste el fútbol tanto como a él es una tontería y supone la sumisión voluntaria a algo bastante estúpido. Pero, a continuación, reivindica esa «experiencia de dichosa estulticia, la de perder el contacto con el mundo normal y cotidiano» durante noventa minutos. Sí, solo que a veces, como ahora con el hígado de Abidal, ese nimbo futbolístico choca de forma brutal con la realidad.

Lo que ocurriera con el caso del exjugador del Barcelona lo tendrán que aclarar definitivamente las autoridades sanitarias y judiciales. Pero ese rumor, o noticia, las palabras del antiguo presidente de ese club que sin duda es más que un club, nos remiten al lado oscuro de este deporte, tan contaminado por lo peor del capitalismo y la frivolidad. Algo que denuncian desde Critchley al último aficionado de la barra del último bar. Una evidencia. Dinero, mercadotecnia, banalidad, viejos valores, estética y pasión. Un buen cóctel. Un cóctel que, volviendo al principio, se le ha indigestado a la selección española. De hecho, esa indigestión no es nueva por mucho que haya quienes no quiesieran haberse enterado del desastroso mundial de 2.014 o de la última eurocopa. Vuelta a la edad de piedra. Por si alguien tenía dudas de ese viaje al pasado ahí estaba Sergio Ramos para aclararlo. Habló de los huevos que le habían echado los jugadores. En los tiempos del blanco y negro estaba prohibido hablar de huevos. La traducción era la furia española. Un eufemismo que tenía el mismo significado que los huevos de Ramos. Fracaso.

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